El encierro en una mina es una medida contundente, desesperada, a veces planificada, a veces espontánea, pero siempre arriesgada. Se mueve entre el todo y la nada. Paraliza al pozo, tensiona a los trabajadores encerrados y a los que se quedan fuera, crea una alarma social que envuelve a toda la cuenca, moviliza a las fuerzas de seguridad y a las autoridades. Psicológicamente es dura, físicamente comprometida y laboralmente arriesgada. Sin embargo, ha sido una de las medidas de presión más utilizadas. Algunos encierros forman parte de la historia minera de Fabero y de más allá. En la cuenca del Cua, además, en varias ocasiones fueron acompañadas de la retención de facultativos.
Los encierros espontáneos son una tónica general.
Se deciden por un grupo de trabajadores que arrastran al paro por solidaridad
(o peligrosidad) al resto de la plantilla y obligan a los sindicatos a
legalizar la situación de huelga y negociar con empresa y autoridades. Las
centrales van adoptando una actitud crítica ante estas acciones autónomas,
argumentan que primero hay que agotar otras vías de presión y negociación.


