Presentación

Nuestra historia, a modo de presentación

miércoles, 11 de marzo de 2026

La historia de Laciana contada a través de la literatura

Dice el premio Cervantes lacianiego, Luis Mateo Díaz, que “la memoria es, entre otras cosas, el depósito de la experiencia. De la de vivir y de la de soñar y de la de imaginar”.  Lo hace en el libro “Los días del carbón más brillante” de Alberto Gonzalez Llamas, minero y sindicalista de Villaseca de Laciana. Y esto sería un poco el resumen de lo que vamos  a proponer hoy. Un viaje subjetivo en el mixto, por la memoria y la historia de Laciana, a través de la literatura. Incompleto y personal, y directo al corazón.

Y es que escribió también Bartolomé Cossio para el homenaje a Paco Sierra Pambley en 1935 que "recordar es lo mismo que acordarse, y el recuerdo tiene que ser algo como el acorde entre los sonidos y la concordia entre los hombres, ya que todas estas palabras tienen un mismo fondo idéntico origen, pues todas vienen de corazón en su forma latina: cor-cordis. Recordar significó significa rememorar, pero lleva como veis, dentro de sí, inexpugnablemente en la propia intimidad de su naturaleza, la palabra corazón, el noble órgano excelso del impulso amoroso. Y en este sentido, cuando recordáis, es que ponéis de nuevo acordes vuestros corazones con la persona, con el objeto, con el fin amado"”


La historia de la Laciana está vinculada a la minería del carbón, a su extracción y a las luchas de sus trabajadores. Sea con el martillo, la pluma de los mineros, o con pluma, el martillo de los literatos, una memoria construida en base a la creatividad. También en las luchas, creatividad frente al franquismo en la lucha democrática. Creatividad en democracia frente a la reconversión.

La Laciana preindustrial, es la “Memoria de su antiguo y patriarcal concejo”, en palabras de FLORENTINO AGUSTIN DIEZ GONZALEZ. Una zona de montaña marcada por los vaqueiros y su cultura popular. Aquellos que cantaban:

“Cuando voy pa la braña

no llevo pena

porque llevo a mi amante

de compañera.”


Aquellas que iban y venían:

“Mociquinas de L.laciana

¿Quiénes vos mantienen?

Los arrieros del Puerto

Que van y vienen.”

Una comarca bella, viva, pero aislada, como relató Almudena Grandes:  “…Robles de Laciana, una aldea de León que Dios había bendecido con el don de la belleza antes de dejarla irremediablemente de su mano".

Una comarca que atesoraba su riqueza en sus suelos y en sueños, también en su literatura. Aquella de Luis Mateo Díaz recogía que “El Valle encierra sus tesoros y hay que abrir el cofre para enseñarlos, todos somos dueños de una llave, la mía es esta”.

Y con la llave del picamano empezaron a aflorar a partir de 1919 con la inauguración del ferrocarril minero. Y esos vaqueiros pasaron a ser “Hijos del Carbón”. Y es que, como afirma Noemí Sabugal “... fue el carbón el que convirtió a la comarca de Laciana en un tren de vapor a toda velocidad”. 

Y con él llegaron miles de personas que, como el personaje de la novela de Almudena Grandes, “Los pacientes del doctor García”, “… cuando se bajó de un tren en la estación de Villablino, todo le pareció distinto, los colores más vivos, el aire más amable, la gente más risueña.”


Un valle de colores diversos que sin embargo dependía de un solo y negro mineral, y de una empresa, radiografiada por Josefa Vega:  “En el carbón, (…) la historia de una empresa es difícil de separar de la propia trayectoria del sector y casi de la economía y de la sociedad en territorio (…) La historia de una empresa, de un sector y un territorio”. Un sector que configuró una identidad que a ojos de José Herrero Nogueira, en su magna obra “Laciana Modo de Producción” generó “un mundo en torno a sí lleno de conceptos, valores y categorías que son producto de la interacción del hombre, el hábitat y este sistema productivo.” Y esas coplas cambiaron, siguieron hablando de madreñas, pero también del amor y odio a la nueva profesión que lo impregnaba todo. Como esta que cantada por “Tsacianiegas”:

“Que cuando llueve leré, llevo madreñas, suenan los clavos leré, sobre las peñas. Sobre las peñas leré, sobre las rocas, que cuando llueve leré, llevo galochas. Ya no te quiero y olé, porque me han dicho, que eres minero y ole, de Villablino. De Villablino y olé, de Ponferrada, si soy minero y olé, no debo nada. No debo nada y olé, menos el ron, que soy minero y olé, de Calderón. No debo nada y olé, menos el vino, que soy minero y olé, de Villablino.”

Y con la nueva clase obrera surgió el conflicto social, entre la épica, las victorias y las derrotas. Una de estas últimas fue la revolución de octubre que Chema Gomez Pontón retratada para la literatura en “La casa de Pío Rafaelín” o de la mano de las memorias de sus protagonistas en “La revolución de los mineros” de Víctor del Reguero.
El estruendo de la dinamita del “Octubre rojo” se plasmó en la poesía del médico
Antonio Rodríguez Calleja para contar  al mundo “… que sepan que los mineros/ somos la ostia bendita”.O en los versos de la juventud socialista de villaseca que en su       marcha antifascista” titulada ¡REVOLUCIÓN! Y así lo escribieron en letras mayúsculas. Reconociendo que iban a por el todo, o la nada, luchando y conscientes de que “EL GRAN PORVENIR/ NOS LLEVARÁ/ A TRIUNFAR O MORIR”.

Pero perdieron en el frío de octubre del 34, y en el calor del verano del 36, y ganó la reacción, y el fascismo se impuso. Y con ella “ganaron los nacionales y perdieron los españoles”, que cantaría Chicho Sánchez Ferlosio años después. Y la nueva melodía sonaba a patria, pero la del dinero. Pues como describió Manuel Maurín, “en la etapa autárquica (y después) la gran producción y beneficios de la MSP, más aun que en otras empresas, se debió esencialmente a una asombrosa explotación de los obreros. Realmente esta sociedad se merecía el galardón de “Empresa Modelo” que le había colocado la Administración, pues el “jugo” que era capaz de sacar a su plantilla resulta poco menos que milagroso. ¿Para qué mecanizarse más aprisa, aun siendo posible?”.

Y el frío invierno de la dictadura no comenzaría a deshelarse hasta aquel “Sábado 5 de mayo de 1962… [en que] como todos los días la sirena del pozo marca la entrada del relevo de la mañana en el pozo María, en Caboalles de Abajo, León. Sin embargo, ningún minero entra a trabajar. El altavoz enmudece a pesar de los decibelios. El eco de las voces de los obreros resuena a pesar de su silencio. El tiempo, detenido durante 26 años, se acelera en unos segundos, esos en los que los mineros lacianiegos deciden, a pesar del riesgo, entregar sus lámparas. La jaula no baja por la caña del pozo. Las lámparas no iluminan las oscuras galerías, pero una luz empieza a encenderse en El valle de la libertad.” Comenzaba aquella primavera antifranquista, que relató, quizás con mejor tino, Alberto González Llamas, en su texto “Días de lance” que le valió una mención especial al “testimonio histórico” en la VIII edición del prestigioso Concurso Manuel Nevado Madrid organizado por la Fundación Juan Muñiz Zapico de CCOO de Asturias. Un episodio nuevamente relatado, y premiado, años más tarde en “María, la madre de todas las huelgas”, que contaba como el maíz ese “alimento de las gallinas” que en María “dio a la luz una huelga silenciosa que hacía florecer las esperanzas de una España mejor”.

Y de esa creatividad que demuestra la clase obrera cuando se organiza surgirá el nuevo movimiento obrero. De ahí nacerá la primera asamblea obrera autorizada desde 1936. Y de esa asamblea la primera Comisión Obrera estable de España. Y esa creatividad dejo ríos de tinta. Como la memoria de uno de sus protagonistas. Benjamín Rubio con su pluma de picador, que arrancó derechos y memoria al olvido con su libro Memorias de la Lucha Antifranquista” para recordar como “los mineros de Laciana fuimos los primeros en plantearnos la continuación del movimiento que supuso estas primeras comisiones, cuyo objetivo en un principio no era constituirse en sindicato, sino aglutinar a los trabajadores en una organización unitaria”.

Avances en un sector que vive momentos de retroceso, solo aliviados por la crisis del petróleo. “A finales de los años sesenta, cuando España exportaba ingentes cantidades de mano de obra barata hacia la industrializada y soberbia Europa, la empresa minera la acondicionó para acoger las masivas oleadas de portugueses de Trás-Os-Montes que, sin ir tan lejos, llegaban clandestinamente a Caboalles”, como recogió Armando Murias en su novela “Nómadas”. Y a partir de ese 1975 en que España se asoma a su transición, “en aquel valle tan olvidado de todas las carreteras dibujadas en los mapas, los hombres que lo habitaban se parecían mucho entre sí, pero João Alfonso se diferenciaba rotundamente del resto, tenía la piel de otro color, más oscura, casi negra. Y el pelo también negro, muy negro, ensortijado”. Y empezaron a llegar los caboverdianos.

Y llegará 1979, un año en el que el Valle vivirá uno de sus episodios más oscuros. “La mina y la tragedia”, ese binomio que Javier Rubio recoge en unos versos que hablan desde el corazón y desde la razón, desde el conocimiento y la rabia, desde la denuncia y la memoria. Y que la obra teatral Carbón Negro reflejará tras el telón.

Y en ese valle que tanto contribuyó al progreso, a la industrialización y la democracia del país, cuando este las encuentre, lo empezará a abandonar. Pues “el progreso y  la industria andan juntos cuando los beneficios no los separan, la beneficencia no es el mejor atributo de la inversión, se explota lo que renta y el que más se prevalece del rendimiento es el que acaba llevando el gato al agua, decían en el Valle los que todavía veían con escepticismo la transformación minera, sin atreverse a alzar la voz más de lo debido”. Luis Mateo Diez, nuevamente radiografía la realidad con su pluma, pareciendo el bisturí de cirujano.

Y en esa España de “La movida”, de lo frívolo, “desde el fondo de la tierra al cielo de la música” llegará el grupo lacianiego Piñón Fijo con su “No me hagas trabajar papá”. Pero sí querían trabajar y, de hecho, lo hacían en la MSP. Y es que, a diferencia de los pijos madrileños que se alejan de la “ética del trabajo”, ellos se acercaban a la práctica del trabajo. Un bien que empezaba a escasear en el Valle.


Y llegó el 92. Pues de todas las movilizaciones, la del 92 marcará el destino y la identidad del valle.
La marcha minera de 1992 (y el encierro en Calderón) en esa España que vivía la resaca de los Juegos Olímpicos y la expo quedaron retratados en 3 poemas, que describen 3 de los grandes momentos de aquellas luchas. Un monumento quiero hacer/ desde el fondo de mi corazón “A los encerrados” en Calderón como reivindicaba su autor anónimo. Con palabras se defendía hablando de la La batalla de la A-66, pues en aquel 7 de febrero “Con piedras nos defendimos /y algún que otro menal/ pero los malditos de ellos/¡que jodidos son de dar!”. Y para evitar una desgracia surgió la marcha y “caminamos sin cesar/ sin temor a morir/ nuestra vida es luchar/ y nunca sucumbir”.

“Vienen, saquean y se van" cantaba con tino Floro Varela. Y más con la llegada de “Don Vito” que cantarían los Dixebra en 2014, 20 años después de la llegada de Victorino Alonso a MSP.  Y es que la banda avilesina, cuyas conexiones con Laciana ya quedaron patentes a comienzos de los noventa con su canción “L.laciana Asturiana”, le hicieron un cuadro, y no de galería de mina, al empresario leonés.

 

"Don vito ye un artista

que vive de subvenciones

el rey de los chamizos

y los parques de carbones”

 

Y las luchas continuaron. Y el cielo hubo que conquistarlo desde lo más profundo. Y un nuevo octubre que se prolongó hasta diciembre del 99 se vivió en la cuenca. Un nuevo record de días bajo tierra, para poder vivir encima de ella. Y María nuevamente como partera. Y Santa Bárbara como luz. Pues, como escribía en esos días Alberto González, Presidente del Comité de Empresa de MSP, Tiene y tendrá Sta. Bárbara un sentido más allá de las veneraciones, y lo es de identidad de una profesión y de una condición social. No nos avergonzamos en absoluto de ser mineros, trabajadores que han luchado y están dispuestos a luchar contra la resignación, a bregar por su destino y el de sus pueblos.”.

Y el destino se jugó en una nueva partida en 2012, no la última, pero sí la última grande...Y los mineros durante tiempo "se resisten a claudicar. «¿De qué habría servido tanto esfuerzo? Para nada», se lamentaba la dueña del Changuita. Cae la noche sobre las montañas de escoria, los castilletes, la maquinaria inmóvil. Cementerio de una época. Regresamos a Villablino" Y esa lucha principal fue recogida en las páginas de “Por carreteras secundarias” de Alfonso Armada.

Y en 2018 se cerró el sector. Y hoy los versos y las canciones y los textos hablan del declive. “Es muy triste ver como un lugar lleno de vida se apaga poco a poco y se va desvalorizando, como haciéndose viejo sin que nadie lo cuide en su vejez” como denuncia Félix Varela Sánchez, minero de Piedrafita de Babia residente en Villaseca, en sus libro “En el valle de Laciana. Recuerdos de un minero” redactado por Consuelo Souto Duarte.

La identidad minera, ha sobrevivido al fin de la minería y en la Laciana de hoy está conformada por un sinfín de elementos culturales, deportivos, sociales y religiosos que beben de la cultura minera. Incluso tras el fin de la minería se ha vivido cierta efervescencia en la recuperación o adaptación de estos símbolos colectivos, en un ejercicio de autoafirmación como comunidad ante un presente y un futuro inciertos. Un ejemplo es el Cristo de los Mineros.  Uno de los poemas a su procesión,  al tiempo que homenajea a los mineros fallecidos, reivindica que “La mina fue nuestra forma de vida/ y eso jamás lo vamos a olvidar”, apela al orgullo de pueblo luchador que “no se puede dejar morir”. Su autoría pertenece al minero jubilado Manolo Gómez (Manolín “El malo”), uno de tantos mineros literatos que han salido de las profundidades de esta tierra.

La comarca de Laciana perdió mucho, pero lo que no ha perdido es la belleza. Y le robaron mucho, pero ni la belleza, ni la esperanza. Pues con Víctor Corcoba, se puede decir que “si necesitamos otro estado de ánimo, y otro ánimo para alcanzar la belleza por la que tanto suspiramos, Llamas de Laciana es la esperanza precisa para el momento preciso”.

El tren Ponferrada a Villablino, tras largos años de espera en vía muerta, ha empezado a rodar a finales de 2025. "Un ferrocarril casi centenario que ha sido y es columna vertebral de un desordenado conjunto de restos mineros que se desperdigan por su recorrido y que, entremezclados con la naturaleza que reocupa su espacio, son parte de la cartografía de nuestra identidad" como se puede leer en Las gafas del Belga.

Y en la estación todavía, esperando, pero con el billete comprado, están el Pozo María y La mina en vivo, dos proyectos que tratan de preservar el pasado para el futuro. “Los objetos, los cotidianos, los domésticos, los de la fiesta, los del trabajo, perviven, a veces, con esa huella significativa del anonimato que no es otra que la huella del uso y el tacto. De esa huella, de ese tacto, se ayuda la vida para vivirse y, lógicamente, también con ellos se ayuda el recuerdo para que no acabemos de olvidar lo que somos, lo que fuimos, lo que vivimos”, como nuevamente recuerda uno de los hijos predilectos del Valle.

Pero no todo son restos materiales, también el patrimonio inmaterial se empieza a recuperar. En 2025 se dieron los premios del concurso de microrelatos mineros Juan Muñiz Zapico en Villalbino, cuando se cumplía una década de aquel accésit joven de Alicia Calvo Panera. “En Degaña, la mina engaña, dicen. Y dónde no, contestan sus compañeros lacianiegos. Son las seis y no amanece. Todos callan en Cerredo. Zarréu, darréu, solo salimos para lo malo. Quien tiene la negra no se libra.” Y nos recordó que la historia no se repite, pero rima, y de este texto escrito en prosa, podrían cambiarse pocas letras, para describir la tragedia de los 5 de Cerredo y los 2 de Cangas.

En este momento volvieron a cobrar más sentido los versos de Piorno: “Aceptaban, como algo natural, el sacrificio de enterrar su juventud, su salud y, en ocasiones, su vida, en la tenebrosa soledad de una mina de carbón. Hombres conscientes de su ingrato futuro (…)

¿Quién osaría a decir que aquellos hombres carecían de sensibilidad sentimental?”

Y recordaba eso que cantaba Tsuniegu, “Y crees que porque eres rico todos te van a dar la mano, mucha cerdas tienen un gocho, y nun sale de marrano”. Porque siguen teniendo sentido las palabras de Luis Mateo Díez por si alguien duda al escoger, “Las manos sucias el picador mejor que las limpias del contable”.

Y Tsaciana reivindica su historia y su memoria, para actualizar la identidad. Recitando también en patsuezu con Silvia Ayer:

 

Enxamás olvidaréi aquel.los anos,

onde‘l carbón

entisnaba las casas

ya las caras de los homes.”

 

Y de las mujeres, porque como reivindica Mercedes Fisteus “…en este viaje literario siempre nos ha faltado que alguien dejara constancia de las mujeres mineras, aquellas que también tenían puestos dentro de este sector.”

Y este viaje va llegando a la estación. A la estación de la memoria, la literatura y la historia. También de la justicia. Y en cuantas ocasiones “LACIANA PIDIO JUSTICIA”, como se puede escuchar en ese poema de Javier Rubio, musicalizado por CHARO GONZALEZ, sobre la marcha del 92. eY cuantas tuvo memoria, como reivindicaba ese mismo invierno en la explanada de Calderón, el pintor de derechos José Luis García Gurdiel, ante miles de personas llamando a mantenerse firmes  para que “nuestros hijos puedan recordarnos con el mismo orgullo” con el que recordamos a “nuestros padres por participar en la gesta antifranquista”, como recogería el diario El País. Y si los del 92 lucharon recordando a sus padres en las huelgas del 62. Los mineros de 2012 lo hacían con la imagen del dinamitero del 34.  Porque como afirma Noemí Sabugal "Las cuencas mineras lo que sí tienen es memoria". Y ciertamente, “… los años no pasan en balde y los hombres de la mina pierden relieve cuando la dejan, pero agrada ver como los hijos no olvidan a los padres”, que diría, para terminar, el flamante premio Cervantes.

 

 

 

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