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Las maletas
del doctor Calleja (I)
Un texto de Chema Gómez Pontón
No
existe el presente sin pasado ni tampoco puede existir el futuro sin memoria. Lo
que significan esas palabras lo saben muy bien los 1979 refugiados españoles
que tras finalizar la guerra civil arribaron
en Chile el 2 de septiembre de 1939 tras un mes de travesía en el barco
Winnipeg. Al término de la guerra civil Pablo Neruda sensibilizado por la
situación que vivían los refugiados españoles en Francia realizo una serie de
gestiones con el presidente chileno Pedro Aguirre Cerda para tratar de dar
solución a aquella crisis que hoy sería calificada como de humanitaria. Neruda
fue nombrado cónsul especial por el gobierno chileno para la inmigración
republicana española en el país galo y organizó aquel viaje. Entre sus
tripulantes se encontraba el doctor leonés Antonio Rodríguez Calleja junto a su
esposa, la también leonesa, Asunción
Martínez Blanco, acompañados por sus
cuatro hijos todos menores de edad; Teresa, Juan Bautista, Adela y Asunción.
Pero hasta embarcarse en ese barco y lograr salvar su vida anteriormente habían
sido protagonistas de un calvario personal provocado por la desdichada historia
de éste país.
Antonio
Rodríguez Calleja había nacido en León un 25 de julio de 1896. Era hijo de Juan
Bautista Rodríguez y de Eduarda Calleja. Había cursado la escuela elemental y
el bachiller en León y en la Universidad de Valladolid había ingresado en la
Facultad de Medicina donde se
licenciaría en 1919. Ya mantenía un noviazgo con la que después sería su mujer
Asunción Martínez y tras licenciarse como médico cumplió con sus obligaciones
con la patria y realizo el servicio militar en el Regimiento Nº 36 de León en
calidad de ayudante médico agregado a la enfermería. Tras licenciarse como
soldado estuvo a punto de ir a trabajar como médico y trasladarse a Leopolville
(Congo Belga) para dirigir allí un hospital de reciente construcción pero la
oposición de su novia lo impidió y decidieron contraer matrimonio en 1921. El
doctor Rodríguez Calleja ya se había afiliado al Partido Socialista Obrero
Español en 1917 cuando cursaba estudios y era un entusiasta seguidor de Pablo
Iglesias al que admiraba. También tenía relación con el mundo de la masonería y
pertenecía a una logia leonesa dependiente de la logia El Gran Oriente Español que en 1933 cambió su nombre
a Emilio Menéndez Pallares con sede en la Biblioteca Azcárate y de la que
también formaba parte el socialista Alfredo Nistal, amigo fraternal del doctor
Calleja. Pudo elegir destinos de más lucimiento profesional pero prefirió el
destino del pueblo minero de Villablino donde conseguiría plaza de médico
municipal y en aquel pueblo minero y montañoso pronto se granjearía el afecto
de la población y pasaría a ser el líder intelectual de los mineros de Laciana,
ocupando el cargo de alcalde en el bienio progresista republicano 1931-1932 en
el Ayuntamiento de Villablino, así como el de Secretario General de los
socialistas lacianiegos y de la UGT en dicha comarca. En sus tiempos cómo médico
en Laciana realizó una gran labor social pues junto a sus ideas de socialista
marxista convencido figuraban también las de un humanista ilustrado que no
cobraba por sus consultas y medicinas a los más necesitados. Llegando a pagar
incluso de su bolsillo la rehabilitación de tres viejos barracones para que se
alojaran las familias con menos recursos. A Villablino también había llegado un
hermano del doctor llamado Bautista que ejerció como profesor en las Escuelas
de Sierra y Pambley vinculadas a la Institución Libre de Enseñanza en las
cuales llegaría a ser director. La proclamación de la II República trajo
consigo cambios y en la comarca de Laciana cobraba cada día más fuerza la
minería convirtiéndose los mineros en un sector reivindicativo que pedía
mejoras laborales y sociales para un colectivo que vivía en unas condiciones de
miseria donde los accidentes laborales se sucedían día tras día y los jornales
no llegaban para comer. Fruto de ese ambiente y con la llegada al poder de la
CEDA el partido socialista y la UGT declaran una huelga general en octubre de
1934 y en las cuencas mineras de Asturias, Palencia y León se produce un
movimiento insurreccional de mineros donde se produce la toma de cuarteles de
la guardia civil para hacerse con el control de las armas, se utiliza la
dinamita para volar infraestructuras y edificios públicos y se llega a declarar
el socialismo libertario. Para sofocar la revuelta el gobierno envió al
ejército y la legión y la represión llevada a cabo fue todavía más sangrienta
que el movimiento de mineros insurrectos donde se terminaría ejecutando a los
cabecillas de la revuelta y a otros lideres socialistas y de la UGT se les
enviaría a la cárcel entre ellos al doctor Calleja y a su hermano Bautista que
fueron enviados a la prisión militar de Astorga donde el cuartel de Santoclides
se había habilitado como prisión. Antonio Rodríguez Calleja fue destituido como
médico municipal de Villablino al igual que su hermano Bautista como profesor y
aunque oficialmente nunca hubo un proceso judicial en su contra con cargos con
el que acusarle, oficiosamente se le considero que al ser un miembro destacado
de la UGT y del PSOE estaba al frente intelectualmente de la revuelta aunque en
la misma no tomó parte de un modo activo y atendió a los distintos heridos que
se produjeron con motivo de los incidentes descritos. En Villablino se había
volado el cuartel de la guardia civil por parte del contingente de mineros
sublevados y se había asesinado a un guardia civil llamado Santiago Bardón. El
doctor Calleja había atendido a los heridos en improvisados hospitales tras los
sucesos revolucionarios y estos sucesos le llevaron a estar 17 meses en la
cárcel de Astorga. Desde la propia prisión escribió un poema de los hechos
descritos que en una de sus visitas dio a escondidas a su hijo Bautista
titulado: “Octubre Rojo en la Cuenca" y una de sus
estrofas decía así: “Trotsky, menudo y local/Una arenga finaliza:/Que sepan que
los mineros/Somos la hostia bendita/…Masas de desparramados/En el triunfo fraternizan/con
caciques Sans-culotes/y banqueros comunistas…
Las
elecciones del 16 de febrero de 1936 y la victoria del Frente Popular trajo
consigo la amnistía para todos los presos encarcelados por los sucesos del 34
entre ellos la del doctor Calleja que participo en aquellas elecciones de
febrero pues formó parte de las listas del PSOE en la provincia de León y
aunque estaba encarcelado y no pudo realizar actos de campaña consiguió la nada
desdeñable cifra de 67.454 votos aunque
no fueron suficientes para ser diputado electo. En esas elecciones también
integraría las listas del PSOE en la provincia de León su amigo Alfredo Nistal, masón como Calleja y también
encarcelado por los sucesos revolucionarios de 1934. Tras salir de la cárcel se
reincorporó a su plaza de médico en Villablino y muy pronto de nuevo la
tranquilidad se vería interrumpida. En junio de ese mismo año su hija Marujina
de 11 años de edad contrajo un tifus que después derivaría en una meningitis y
a pesar de que a Villablino se desplazaron médicos amigos del doctor de otras
partes de España y realizaron varias juntas de galenos no consiguieron salvarla
muriendo el 26 de junio de 1936. Aquello fue un duro golpe pues a parte de la
insufrible perdida emocional de una hija el doctor Calleja se sintió muy tocado
en su orgullo profesional de médico al no poder salvar a su propia hija. Unos días más tarde se produciría la
sublevación militar del 18 de julio y el doctor Calleja presidiría en la
localidad el Comité de Defensa de la República que se constituyó como
institución oficial para defender al gobierno legalmente constituido. Un Comité
que estaba presidido por el doctor Calleja y lo componían su amigo el
socialista Alfredo Nistal que había conseguido huir de León a Villablino
burlando el cerco de los sublevados, así como Ricardo Ceballos Romero y Juan
Manuel Rodríguez. Las tropas de los sublevados acompañadas de voluntarios
falangistas procedentes de Galicia tras tomar el Bierzo se dirigen a la cuenca
minera de Laciana. Pese a que los mineros vuelan el puente de Corbón sobre el
río Sil para impedir su avance logran cruzar el rio Sil que a primeros de
agosto venía bastante mermado y marchan hacia Villablino. La aviación sublevada
también comenzó a bombardear Villablino y una de las bombas cayó muy cerca de
la casa del doctor que ante la situación decide marchar junto a su familia a la
localidad asturiana de Cangas de Narcea. Se fueron con lo puesto prácticamente,
llevados a Cangas de Narcea por el chófer del doctor Pío Almarza en un
Chevrolet que era propiedad del galeno y que tras su viaje quedo abandonado en
Villablino. Todas las pertenencias y su coche se quedaron en su casa de
Villablino y entre esas pertenencias se encontraba una flamante bicicleta de
color verde de la marca Suprema Valdés que Bautista, el hijo varón del doctor,
dejo aparcada al lado del muro de un prado que estaba colindante a su casa
pensando que muy pronto la podría volver a recoger. El 6 de agosto las tropas sublevadas entran en
Villablino dirigidas por un militar africanista como era Valentín González
Ballesteros apodado “El León del RIF” que nombra un nuevo alcalde en la figura
de Aquilino De Lama García.
Mientras tanto el doctor intenta alejar a su familia de las zonas del frente asturiano y en los primeros momentos actúa como médico al servicio del ejército Popu
lar republicano en las zonas de Teverga y Somiedo para después desplazarse a Oviedo y durante el cerco a la ciudad pasar a desempeñar el cargo de capitán médico y la dirección de los hospitales de primera línea de combate que abarcaban desde Trubia hasta San Esteban de las Cruces, pasando por la Manjoya donde estaba la jefatura y el sector del Cristo de las Cadenas. El doctor decide enviar a su familia lejos de la línea de combate y su mujer y sus cuatro hijos arriban en el pueblo cántabro de Comillas donde se reencontrarían con la familia de Alfredo Nistal y se hospedarían en un palacio propiedad de la Marquesa de Argüelles que había sido confiscado y habilitado para alojar a la gente republicana que huía de la guerra, palacio que habían abandonado sus propietarios los cuales huían también de la guerra. Rodríguez Calleja seguiría desempeñando las funciones de capitán médico y una vez roto el cerco de Oviedo fue director de varios hospitales de retaguardia entre ellos el gran hospital instalado en Ribadesella. Posteriormente sería asignado al Tribunal Médico Militar con sus colegas galenos José Sanz Frutos y Antonio Mora que tenía su sede en Gijón hasta la caída final del Frente Norte. Los hijos y la mujer del doctor Calleja vuelven de nuevo hacia Asturias procedentes de Santander y primero están en Columbres y después en Ribadesella y con las tropas sublevadas a punto de llegar a Asturias toman un barco desde Avilés con destino a Francia en concreto Burdeos para desplazarse de un modo provisional hasta recalar en Cataluña que era de las pocas zonas que aún conservaba el gobierno de la República pues los puertos del norte ya eran controlados por las tropas franquistas. En Cataluña llegan a Granollers donde se alojan en el teatro de la localidad en un palco y comparten estancia con una familia de gitanos hasta que son alojados por un médico de Granollers en su domicilio. La familia del doctor no sabía nada de su padre. Si había conseguido huir de Asturias y salvar su vida o sí había sido capturado. Su hijo Bautista se desplazaba todos los días a la estación del tren en Granollers en una espera angustiosa para ver si en algún tren venía su padre. El doctor finalmente utilizando la vía francesa logra llegar hasta Francia y del país vecino entrar a España para reencontrarse con su familia en Granollers y seguir desempeñando el puesto de médico de guerra en diferentes destinos. Antonio y Asunción deciden quedarse juntos en España para apurar las últimas opciones de la guerra y viendo el cariz de los acontecimientos y una inminente derrota deciden enviar a sus cuatro hijos a Monpellier donde el doctor tiene una hermana que es monja en la orden de las Franciscanas Francesas, maestra de novicias, para que se haga cargo de los cuatro chiquillos. Sus hijos llegan en un tren y en la estación les espera su tía Teresa pero al ser cuatro la congregación no permite que se queden todos juntos y a su hijo Bautista lo envíen a un colegio de los Salesianos, a la hermana mayor a un colegio que estaba en la ciudad de Beziers y las dos pequeñas en Monpellier en un colegio llamado Saint Francoise. Los cuatro en régimen de internado. Sus padres logran cruzar la frontera francesa al término de la guerra y mientras su madre consigue llegar hasta reunirse con sus hijos al doctor Calleja lo internan en un campo de concentración llamado Amelie- Les Bains por haber sido miembro del ejército republicano. Ante la inminente guerra europea que se avecinaba el doctor Calleja sabe que la única salida para él y los suyos es la huida a América. A través de su amigo Félix Gordón Ordás que había sido diputado en tres legislaturas republicanas; 1931, 1933 y 1936 a la vez que embajador de España en México proyecta un viaje en barco al país azteca frustrándose ese viaje porque no logra reunir a todos los miembros de su familia cuando parte el barco desde Francia. Una vez que logra reunirse con todos los miembros del clan familiar sabe que su última oportunidad es el Winnipeg y el doctor que conocía personalmente a Neruda logra embarcar en el barco junto a su familia partiendo del puerto de Burdeos casi en el último momento. Un barco con bandera francesa, alquilado por el gobierno de la República en el exilio y en el que la tripulación era rusa. La travesía fue dura, los niños eran entretenidos por voluntarios en la cubierta y ante el hacinamiento que había en el barco todo había que hacerlo por turnos; comer, asearse, lavar la ropa… El calor era inmenso a su paso por Ecuador y el barco hizo escala en la isla de Guadalupe sin bajar los pasajeros para después cruzar el canal de Panamá y llegar a costas chilenas siendo el primer destino el puerto de Arica el 2 de septiembre de 1939. El 3 de septiembre el Winnipeg llegaría a Valparaíso. Los niños del doctor tras tanta calamidad quedaron encantados con las luces de los cerros de la ciudad de Valparaíso. El SERE (Servicio de Evacuación de Republicanos Españoles), que era una Institución del gobierno español republicano en el exilio adscrito a la dirección de Juan Negrín, se encargó de distribuir a los españoles del Winnipeg y la familia Calleja fue hospedada en el hotel Clarendon ubicado en el barrio del Puerto, un lugar duro frecuentado por gente pendenciera y delincuentes. Los contactos del doctor con el SERE y también con el mundo de la masonería les permitió abandonar aquel lugar. El problema del doctor era que con su huida de España no había ningún papel oficial que acreditase la condición de médico y finalmente tuvo que ejercer su profesión en las islas del archipiélago Juan Fernández siendo el primer médico de la isla Robinson Crusoe que era la única plaza del Seguro médico obligatorio que ningún médico chileno quería cubrir. Para que se le otorgara esta plaza se valió de la intervención de amigos comunes de Salvador Allende que era ministro de salubridad en el gobierno radical de Pedro Aguirre Cerda. De nuevo se tuvo que separar de sus hijos. A los dos mayores los enviaron a Valparaíso a estudiar mientras que las dos pequeñas se trasladaron con sus padres a la isla. El doctor con un exiguo equipaje de dos maletas nunca las quiso deshacer pues pensaba que pronto Franco iba a caer con la intervención de los aliados y que su regreso a España iba a ser inminente. En la isla la familia fue muy bien recibida pues nunca habían tenido médico y allí estuvieron dos años hasta que el doctor pudo regularizar su situación y encontrar mejores destinos trasladándose de nuevo a Valparaíso, Llay-Llay, Catemu donde ejerció para pasar de nuevo a Valparaíso y ejercer en el hospital- sanatorio San Roque. Enseguida su valía y buen hacer profesional le hicieron acreedor de ser nombrado Director del Centro de Reposo que entonces se construía en Laguna Verde. Pero una enfermedad de nombre cáncer que llevó con toda dignidad hasta tal punto que la ocultó a su familia hasta el último momento en que le impidió ejercer como médico y el 12 de febrero de 1947 cuando apenas había cumplido 50 años murió a consecuencia del cáncer que se le diagnóstico sin haber desecho nunca las dos maletas con las que se exilió de España. Sus más íntimos allegados dicen que el proceso cancerígeno fue acelerado y casi provocado por el desarraigo causado por el exilio.
La
historia de nuevo volvería a mostrar su cara más cruel con los descendientes
del doctor Calleja. Su hijo Bautista, aquel que nunca pudo recuperar su
bicicleta y ese recuerdo perdido le hizo conocer que su infancia había sido
robada por la guerra pronto demostró su valía. Primero estudio Ingeniería de
Construcción Civil, después pasaría a trabajar en una empresa de importación y
exportación de frutas y esa trayectoria le hizo acreedor de la confianza de
Salvador Allende para formar parte de su administración. El golpe de estado del
general Pinochet hizo que fuese llevado detenido al Estadio Nacional de
Santiago de Chile donde fue salvajemente torturado hasta el punto de perder una
oreja salvando su vida milagrosamente. Peor suerte corrió su hija Adelina
Rodríguez Herrera, estudiante del último curso de medicina y perteneciente al
sindicato estudiantil Frente Cristiano de Izquierda que con 22 años sería
asesinada en la Universidad de Santiago arrojada desde una ventana por la
policía de la dictadura el 25 de septiembre de 1974 aunque la versión oficial
que se dio del asunto fue la del suicidio. A pesar del duro golpe la familia se
rehízo y la dictadura no logró frenar las ansias de libertad y compromiso
político y social. Un de las hijas de Bautista, María Victoria Rodríguez es en
la actualidad Consejera Regional de una coalición de izquierdas en la provincia
de los Andes.
Preguntado
alguna vez a Bautista, fallecido de cáncer en 2007, a ver si supo algo de su
bicicleta afirmaba que por miedo a las represalias nadie se atrevió a tocarla y
permaneció a la intemperie hasta que se oxido y se convirtió en un amasijo de
hierros. Sin duda alguna la bicicleta Suprema Valdés abandonada y las maletas
del doctor que nunca abrió son dos símbolos del exilio republicano que no deben
de quedar en el olvido pues la historia de sus vidas es parecida a la de tantos
y tantos otros compatriotas a la que la guerra truncó sus discurrir existencial.
Con motivo del 80 aniversario de la llegada del Winnipeg, la por entonces
vicepresidenta del gobierno Carmen Calvo, se desplazó a Valparaíso para rendir
homenaje y memoria a los exiliados españoles huidos tras la guerra. Los
descendientes del doctor Calleja colgaban con orgullo en sus pechos una foto
del doctor que nunca quiso abrir sus maletas y cada vez que sus quehaceres se
lo permiten viajan a España en una especie de ruta de la memoria para conocer
aquellos lugares donde su abuelo ejerció la profesión de médico y de demócrata.

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