El franquismo fue un proyecto de clase
destinado a la gestión autoritaria de la fuerza de trabajo, de extracción de
rentas a las clases populares y a la redistribución económica al servicio de
los ricos.
En 1947 se cierra el campo de trabajo de Fabero, trasladando parte de sus reclusos al campo de Matarrosa del Sil. Minas de Antracita Moro S.A. y Minas del Bierzo, que se habían lucrado con la producción de carbón a muy bajo coste, son adquridas por Antracitas de Fabero (propiedad de Diego Pérez Campanario) y continuarán con sus explotaciones mineras. No será el caso del empresario Maximino Moro. Tal es la acumulación de beneficios que había desarrollado este industrial que acabará abandonando sus intereses en Fabero con vistas a centrarse en el negocio del espectáculo y la hostelería en Madrid.
La fuerza de trabajo a bajo coste —que el empresariado
calculaba entre un 50 y un 60% más “productiva”— era reconocida incluso por el
Patronato, que admitía que el preso “alarga y estira la tarea” para no “perder
la redención y los subsidios”. Trabajadores disponibles los 365 días del año y
las 24 horas del día, recibiendo un salario que era la décima parte del de un
guaje por un trabajo de picador o barrenista.
Parte de estos pingües beneficios fueron destinados
por Maximino Moro a montar un entramado empresarial que comprendía locales
comerciales, hoteles, sala de fiestas, cine y teatro. Moro fue el promotor del
Teatro Albéniz de la capital, proyecto del que se hizo cargo el arquitecto
Manuel Ambrós Escanellas, destacado arquitecto del Movimiento, conservador del
Consejo Nacional y miembro de la Secretaría General. Este se encargaría también,
a partir de 1948, de la reforma de otro edificio suyo: el Hotel Madrid. Ambos
ubicados en pleno centro, a escasos metros de la Puerta del Sol.
El solar donde se levanta el teatro —según documenta
el Informe sobre los edificios del Hotel Madrid y del Teatro Albéniz—
había sido durante siglo y medio la Imprenta
Real, donde se imprimió la Gaceta de Madrid, antecedente directo
del BOE, y más tarde la Casa de Correos
y Telégrafos. Tras su abandono en 1918 y un intento fallido de
convertirlo en teatro-cine por la quiebra de la empresa Poymar en los años
treinta, terminada la guerra, el
edificio es adquirido por Maximino Moro quien reorientara definitivamente el
proyecto hacia un gran teatro privado.
La nueva sala, diseñada primero por José Luis Durán de
Cottes y Enrique López-Izquierdo en 1942 y rediseñada después por Ambrós,
requirió una inversión de 14 millones
de pesetas —una cifra astronómica en la España de posguerra— y combinaba
teatro y sala de fiestas. Para realizar una pequeña comparación, cuando el 10
de julio de 1936, ocho días antes del golpe militar contra la legalidad
republicana, Diego Pérez funda la gran empresa de la cuenca, Antracitas de
Fabero S.A., se constituye con un capital desembolsado de 9.150.000 pesetas.
La decoración del teatro incluía mármol, terciopelos,
esculturas, relieves, arañas monumentales y un telón metálico de 8,50 por 11
metros. El ABC ensalzaba su inauguración en marzo de 1945 con el
titular:
“Esfuerzo y voluntad al servicio del
gran Madrid. El Teatro Albéniz: exponente técnico de una de las mejores salas
de espectáculos de España”. Ese titular escondía el origen real de la
inversión.
Paradójicamente, la riqueza creada con el sufrimiento
de los mineros de Fabero —libres y esclavos, perdedores de la guerra— había
servido para levantar infraestructuras de ocio y espectáculo al servicio de la
burguesía madrileña: la misma sociedad que, en plena posguerra, vivía ajena a
la escasez. El precio de una butaca en 1946 se situaba en 80 pesetas, el equivalente a lo que
recibían los presos en cuatro meses de
trabajo, o una minera de lavaderos en trece días.
Cuestión que, por otro lado, no suponía una carga de
conciencia a la hora de organizar galas benéficas. “El día de los pobres” de
1946, “don Maximino Moro” organiza en el Circo Price un festival con “las
‘estrellas’ cinematográficas más conocidas” y espectáculos circenses “en favor
de los pobres de Madrid”. El mismo empresario que había amasado parte de su
fortuna gracias al trabajo forzado, ponía en escena la caridad pública como
gesto de respetabilidad social.

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