Presentación

Nuestra historia, a modo de presentación

jueves, 28 de enero de 2021

El Bierzo y Laciana, 1970 (II), El Ferrocarril de Villablino

 Continuamos con la segunda entrega de la serie de reportajes “La carrera del Bierzo”, publicados por el diario La Vanguardia Española en 1970. En este segundo capítulo, correspondiente al 9 de agosto, el periodista Álvaro Rubio realiza un análisis del ferrocarril de la MSP.

Un texto que destaca por su profundidad investigadora, pues nos ofrece una historia del mismo. Desde los avatares de su construcción hasta un retrato costumbrista de la vida en los pueblos que recorre o la situación que atraviesa el transporte del mineral y el propio sector minero.

Sorprende su criticismo para ser publicado en la prensa legal de la época. Es destacable la forma en que recoge la cuestión de la rentabilidad del servicio y el sector, que no merece más explicación:

“Es una norma general del país, que los empresarios aseguren que sus ganancias son mínimas e incluso que sus negocios son ruinosos y si siguen en la brecha es sencillamente por patriotismo.

El patriotismo es un tema socorrido. Uno nada sabe de estas materias, pero con semejante volumen de transportes, no duda de que el tren, de Villablino resulta rentable. Vagando por estos pueblos he oído decir que lo mismo en Villablino que en Toreno y Fabero, escasea la mano de obra en las minas. No hay aquí crisis carbonera.”

Por último, la reivindicación que hace de Sierra Pambley y la Institución Libre de Enseñanza se combina con algunas perlas como la descripción que hace de Villablino como un pueblo con “un aire exótico y semeja un pueblo nórdico, como dominado por una mentalidad protestante, evangélica. Mozos y mozas pasean por las calles un tanto despegados e indiferentes, remisos unos y otros a las cordiales efusiones. Los novios no enlazan a sus parejas por el talle ni las protegen con el brazo robusto sobre los hombros.”

Aquí el reportaje completo:

“El Ferrocarril de Villablino

En los primeros meses del año 1918 se constituyó la «Minero Siderúrgica de Ponferrada, S. A.», que adquirió el coto de hulla de Villablino. Debido a la guerra europea las importaciones carboníferas se iban reduciendo y la mengua de este combustible presagiaba el colapso de la industria nacional. Los empresarios encargaron a sus técnicos la redacción de un proyecto de ferrocarril minero, capaz de transportar el carbón desde los yacimientos de Laciana hasta Ponferrada, donde sería embarcado en los trenes de la línea de Madrid a Galicia. Aparte las dificultades que ofrecía el tendido por la cuenca del Sil, los trámites administrativos eran lentos. Si se quería que los convoyes circulasen en breve plazo era menester la célebre concesión de expropiaciones forzosas y ocupación de terrenos públicos. Ardua y complicada tarea tratándose de una empresa privada. Por fortuna para la «Minero-Siderúrgica» y, en este caso, para toda España, regentaba el Ministerio de Fomento, en el Gobierno de don Antonio Maura, don Francisco de A. Cambó, quien solvento por la vía rápida toda suerte de expedientes. Cambo llamó a su despacho a los dirigentes de la empresa y les propuso presentar a las Cortes un proyecto de ley especial para concederles el ferrocarril, abreviando los trámites de la expropiación forzosa y aligerando la maquinaria administrativa.

LAS CONDICIONES DE CAMBÓ

A los deseos de la «Minero-Siderúrgica», el ministro replica con tres proposiciones que fueron aceptadas. El ferrocarril, en vez de ser solamente carbonífero y de uso privado, debía transformarse en ferrocarril de servicio general y uso público, como así se hizo. El plazo de construcción que los empresarios estimaban en dieciocho meses, Cambó lo fijó en sólo catorce. Y además impuso el ministro un pliego de condiciones que se estimaron rigorosas e incluso severas.

El 24 de julio de 1918, la «Gaceta» de Madrid insertaba una ley decretada por las Cortes y sancionada por Alfonso XIII, por la cual se autorizaba al Gobierno para otorgar sin subvención alguna del Estado, la concesión y explotación, por un plazo de ochenta años, de un ferrocarril de servicio general, de ancho de vía de un metro, desde Ponferrada a Villablino, con arreglo al proyecto presentado en «1 Ministerio de Fomento. En ?a ley se declaran las obras ferroviarias de utilidad pública y se concede a los constructores el derecho a la expropiación forzosa. El articulo 5.° dice textualmente: «El plazo que se señala para la construcción no podrá exceder de cuatrocientos veinte días naturales a partir de la fecha en que se otorgue la concesión. Por cada día natural de retraso en la terminación de las obras deberá pagar el concesionario al Estado la cantidad de 10.000 pesetas. Igual cantidad percibirá dicho concesionario, en concepto de premio, por cada día de adelanto en el término de la construcción». Se ve que Cambó tenía tanta prisa como la «Minero-Siderúrgica». ¿Cuáles eran los motivos de tamaña celeridad en el Ministerio de Fomento? Cambó fue uno de los hombres mejor enterados de la realidad del país —paralelamente al tren de Villablino, ordenó la electrificación de la rampa de Pajares— y conocía la magnitud del coto de Villablino y la calidad de sus carbones. Cambó barruntaba que si la guerra europea se prolongaba —nadie sabía que la contienda acabaría aquel mismo año—, España estaba amenazada de una crisis, la cual no se resolvería hasta el final de una posguerra, cuyas consecuencias eran imposibles de predecir. Estimo que no fue Cambó en esta ocasión un defensor de las oligarquías capitalistas, que de eso lo tildaron ciertos demagogos, sino un político de altura nacional, que trabaja apoyándose en las circunstancias. El fracaso político de Cambó —como el de don Santiago Alba y tantos otros— obedece a la misteriosa ley de las frustraciones que parece regir los destinos de España.

EL TREN

El día 24 de julio de 1918, fecha de publicación en la «Gaceta» de Madrid de la concesión del ferrocarril de Villablino, comenzaron las obras. Las condiciones de don Francisco Cambó, sobre todo la conversión del tendido en servicio público en vez de exclusivamente minero, acaso la más importante, pues alteraba el proyecto primitivo, obligó a la variante imprevista de substituir una pendiente por un túnel de cuatrocientos metros de longitud. Es delicioso leer la memoria de la construcción de este tendido ferroviario -yo la leo y releo mientras redacto estas cuartillas-, porque denuncia un tremendo esfuerzo. El estudio de la obra fue concienzudo. La compañía constructora se sometió a dos directrices: ajustar el plazo de ejecución de las explanaciones al que exigiera la obra lo importante de la línea, que era el túnel de 400 metros para cuya terminación se calcularon necesarios siete meses; y para cumplir la base anterior era preciso que en la campaña de estiaje quedaran fuera del agua los apoyos de los puentes y los muros que bordean el Sil. Los obreros, calculados en cuatro mil, se consiguieron el 30 de septiembre mediante reclutas por el país, y el 15 de octubre alcanzaban la formidable cifra de cuatro mil ochocientos. La dirección de los trabajos fue impecable.

Pero hubo, cómo no, adversidades. Una, por ejemplo, por parte de la Administración al ordenar la urgente reparación de la carretera, que no sólo la hurtó como elemento auxiliar —camino y tendido marchan sensiblemente galgados—, sino que restó a las obras del ferrocarril centenares de obreros, provocando un alza de jornales. Otro acontecimiento fue la famosa gripe, que suscitó casi la desbandada de la obrería. La gripe dejó en los tajos poco más de mil trabajadores. Pero la obra se remató antes del plazo fijado por don Francisco Cambó. En diez meses y medio todo quedó concluido y comenzaron a rodar los convoyes. La capacidad técnica de la empresa constructora fue muy elogiada. La Memoria recuerda que «antes del año de haber nacido el ferrocarril a la vida legal ha sido abierto al servicio público». En mes y medio don Francisco Cambó tramitó en el Congreso y el Senado el proyecto de ley y otorgó la concesión. El ferrocarril de Ponferrada a Villablino batió en aquellos tiempos el récord de rapidez en la construcción de todos los. ferrocarriles del mundo.

EL RECORRIDO

El tren de Ponferrada a Villablino transporta al viajero de las suaves tierras bercianas a un paisaje de alta montaña. Son más de sesenta kilómetros bordeando el Sil, que conducen de la capital del Bierzo al corazón de Laciana. El tendido serpentea por las laderas boscosas y el río baja entre pedruscos y guijarros, negro, negrito por el agua sucia de los lavaderos. Por las vertientes verdean los robledales y los hayedos. Los pueblos de la línea -Toreno, Palacios de Sil, Rabanal- son alegres, claros, de animadas calles y chalets confortables. Asoman en los apeaderos ingentes pilas de antracita de las minas cercanas y emerge de las escombreras un humo azulenzo y evanescente. El antiguo trazado fue alterado en algunos lugares debido a la construcción del pantano de Bárcena, que obligó a izar soberbios viaductos.

Nadie habla aquí de menguas en el mercado de la hulla y las antracitas. De Villablino a Ponferrada descienden dieciocho trenes cargados de mineral cada jornada, que tornan unos vacíos y otros con material para las minas. Circulan además un mixto y un correo de servicio público. El ferrocarril, debido a la previsión de Cambó, vitalizó todo el valle, pues no sirve solamente a los yacimientos de hulla de la «Minero-Siderúrgica», sino que transporta también el mineral de los cotos emplazados en el trayecto. El carbón de Villablino se lava en las instalaciones ponferradinas y de ellas se transpone a los vagones de la Renfe, pues las estaciones están comunicadas y los tendidos de una y otra compañía se confunden. El ferrocarril de Villablino cuenta con un magnífico taller de calderería, forja y fundición y su parque móvil presenta más de veinte locomotoras. Yo he de esperar un rato a que llegue arrastrando un tren la locomotora «Francisco Cambó», que lleva cincuenta años rodando y «está mejor que nunca», según me informa el jefe de talleres, veterano en estas lides miniferroviarias.

Se comprende que debido a la competencia de la carretera, disminuya el número de viajeros. En 1969 transportó 247.000, con una merma respecto al año anterior de casi 40.000, Los trenes llevaron en la pasada anualidad de Villablino y estaciones intermedias a Ponferrada y viceversa, más de dos millones de toneladas de mercancías. Si preguntamos a los jefes y jefecilllos de la «Minero-Siderúrgica» sobre la rentabilidad del ferrocarril, los veremos sonreír cazurros, como si fuesen víctimas inocentes de unas circunstancias adversas. Es una norma general del país, que los empresarios aseguren que sus ganancias son mínimas e incluso que sus negocios son ruinosos y si siguen en la brecha es sencillamente por patriotismo. El patriotismo es un tema socorrido. Uno nada sabe de estas materias, pero con semejante volumen de transportes, no duda de que el tren, de Villablino resulta rentable. Vagando por estos pueblos he oído decir que lo mismo en Villablino que en Toreno y Fabero, escasea la mano de obra en las minas. No hay aquí crisis carbonera.

SIERRA-PAMBLEY

Villablino es un pueblo montañero, en la pendiente de una cordillera. Las praderías enmascaran su actividad minera. Desde el valle se divisa el puerto de Leitariegos y aún tiñen de blanco algunas alturas las nieves pirenaicas. Villablino presenta un aire exótico y semeja un pueblo nórdico, como dominado por una mentalidad protestante, evangélica. Mozos y mozas pasean por las calles un tanto despegados e indiferentes, remisos unos y otros a las cordiales efusiones. Los novios no enlazan a sus párejas por el talle ni las protegen con el brazo robusto sobre los hombros. Un tono grave empareja a las gentes. Sera cosa de preguntarse las causas de este fenómeno, casi insólito por la redondez española.

Para mí que Villablino tiene un fondo krausista, que arranca de don Francisco Sierra Pambley. Sierra- Pambley fue un fanático de Sanz del Río, hombre célibe y millonario, que fundó escuelas laicas en Villablino, Hospital de Órbigo, León y otros pueblos. En estas escuelas se enseñaba geometría, contabilidad, agricultura, dibujo, mecánica y otras disciplinas al margen de la estulticia oficial. Sierra- Pambley resulta un precursor de la enseñanza laboral y ponía mala cara a las catequesis y a los curas párrocos. Como este valle fue pródigo en emigraciones, el krausista quería que los emigrantes estuviesen preparados para enfrentarse con la vida. Yo creo que los afanes de don Francisco fueron cumplidos. En Villablino es obligatorio rememorar al libre pensador filántropo, cuyo estilo palpita por todo el valle- Sierra-Pambley no es más que un fleco de la ilustración asturiana. A él se deben los primeros regadíos de Veguellina de Órbigo, cerca de Astorga. Antes de los canales modernos, Veguellina era un leve oasis de verdura en el páramo. De Sierra-Pambley se ocuparon escritores y pedagogos, y su nombre sonó mucho entre los notables de la Institución Libre de Enseñanza.

ALVARO RUIBAL

Villablino, julio”

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