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Nuestra historia, a modo de presentación

viernes, 28 de agosto de 2026

Un siglo de lucha obrera en las minas del Bierzo y Laciana (1918–2018) (1/4)

Para arrancar carbón se necesita organizar a un conjunto de trabajadores y una serie de herramientas y tecnologías que permiten llevar a cabo cada uno de los procesos de avance, sostenimiento y extracción del mineral.

Para arrancar derechos es algo parecido: se necesita que los trabajadores estén organizados. Una herramienta, que es el movimiento obrero y sindical, que permita llevar a cabo los diferentes procesos de lucha, tales como huelgas, paros, votaciones y otro tipo de repertorio reivindicativo y movilizador que irá evolucionando con los siglos.

Hoy, en Nuestra Historia, El Bierzo y Laciana, vamos a comenzar una serie de cuatro artículos sobre esta historia y su evolución. Esta serie de artículos bebe de la ponencia «Un siglo de lucha obrera en las minas del Bierzo y Laciana (1918–2018)», que ofrecimos en la UNED el 8 de enero de 2026, y de los apuntes surgidos de la misma. La charla se puede ver en nuestro canal de youtube.

Aunque hemos escogido las fechas 1918 y 2018, coincidiendo con la legalización de los sindicatos socialistas de La Silva y Torre del Bierzo y del sindicato católico en Villaseca de Laciana, además del inicio de la construcción del tren de MSP y el cierre del sector en estas comarcas en 2018, somos conscientes de que hubo sindicalismo minero antes y lo hubo posteriormente, por ejemplo negociando las políticas de transición, entre otras.

En estos cuatro artículos veremos los tres horizontes en los que hemos dividido este siglo, con sus interludios: el sindicalismo revolucionario de preguerra, el movimiento sindical antifranquista y el sindicalismo democrático frente a la reconversión. Teniendo en cuenta que los sindicatos mineros, pertenecientes fundamentalmente a movimientos de clase, fueron organizaciones sociopolíticas que vertebraron la sociedad de las cuencas, más allá del sindicalismo económico-profesional.

El sector minero será un sector en crisis permanente e, incluso, sus épocas de crecimiento se dan sobre la base de tres crisis: la de la Primera Guerra Mundial, la de la posguerra y la llamada crisis del petróleo de los años setenta. El movimiento obrero vive épocas de ascenso en las crisis que había producido ese crecimiento. Hay un correlato inverso entre el auge de la movilización y el declive del sector.

Este movimiento obrero se adapta a las características del sector minero en estas comarcas: fragmentado, descapitalizado, atravesado por una dependencia tecnológica, capital foráneo, sin transformación, que drena riqueza hacia otras clases y territorios, e intensivo en mano de obra.

La cultura de la movilización en la minería está marcada por ese sector en crisis. Las relaciones obrero-patronales son conflictivas de principio a fin.

Como en el resto de España, los mineros han sido vanguardia y sublimación del movimiento obrero, incluso un icono que ha expresado su fuerza sobre la base de tres elementos: organización + conciencia + dinamita.

En distintas épocas han afrontado las más adversas dificultades y han sido pioneros: en la revolución de 1933 en Fabero, que se adelanta a la de 1934; en la defensa de la República por las armas tras perder lo ganado en las urnas en 1936; en el impulso a las guerrillas; en la creación de las primeras Comisiones Obreras estables en la MSP de Laciana en 1962; o en experiencias exitosas de lucha contra la reconversión industrial en 1992, 1993 y 1994.

En parte, esto se explica por la configuración del propio oficio: las relaciones de amor y odio hacia la profesión, el orgullo, los lazos de dependencia y de solidaridad. El monocultivo y la dependencia hacen que toda la comunidad se implique. Un hecho que fue creando comunidades concienciadas que saben que las cosas se cambian con lucha. Incluso los métodos de explotación se negocian, como ocurre con los destajos.

Las movilizaciones se viven como una prueba de fuerza. Hay varios factores que explican que la cultura de la movilización en la minería se mueva entre el todo o nada: la huelga como prueba de fuerza (hasta el límite), el «desafío» como forma de exteriorizar el conflicto. El recurso a la huelga indefinida o revolucionaria es prueba de ello.

El lugar de trabajo, la mina, especialmente la de interior, es determinante. Se trata de un espacio peligroso, donde el trabajo desafía directamente a la naturaleza y donde la siniestralidad, la penosidad y la cercanía de la muerte forman parte de la experiencia cotidiana. Compartir riesgos y depender de otros compañeros para sobrevivir genera fuertes vínculos de solidaridad, conciencia de clase y orgullo profesional. Al mismo tiempo, el monocultivo del carbón convierte a las comunidades mineras en dependientes del sector, de modo que la identidad minera trasciende lo laboral e identifica al conjunto de la población. Pero también es importante la politización, la influencia en cada momento de las ideologías del movimiento obrero, sean anarcosindicalistas, socialistas o comunistas, que le brindan asideros y horizontes que recorrer y que explican sacrificios en momentos en que parece que todo está perdido.

Instinto, conciencia de clase e identidad minera se funden en una cosmovisión basada en la lógica de clases y en el binomio ellos-nosotros. Esta forma de ver el mundo se desarrolla en torno a un antagonismo claro que ordena las relaciones sociales y políticas en las comunidades mineras. Un análisis situado en la lógica de clases.

El «ellos» sería la empresa, el Estado, el personal de confianza y los afectos al régimen. El «nosotros»: los trabajadores, los represaliados y sus familias. La represión, además de castigo, funciona como eje ordenador que refuerza la unidad de clase y la memoria.

En esas condiciones se van creando unas normas comunitarias en las que el esquirolaje, es decir, quien trata de sacar ventajas individuales, constituye una transgresión severamente penalizada mediante el aislamiento y el desprecio. En el último periodo llegó incluso a contar con un nombre, al menos en la zona de El Bierzo: el «tragaminas».

Este «hilo rojo», marcado por el peso de la historia, se traduce en las herencias del oficio y de las luchas que reaparecen, se adaptan y se reutilizan. Por ejemplo, los símbolos de la revolución de 1934 se impregnaron en las movilizaciones de 2012. La épica del 62 se utilizó como argumento para instar a la movilización en 1992.

Incluso conforma una cultura minera en la que el orgullo, el accidente y la épica de la lucha conviven en sus representaciones. No hay sector laboral que haya impregnado tanto el mundo de la representación artística.

En cada uno de los siguientes tres artículos seguiremos una misma estructura. Comenzaremos por los antecedentes de cada periodo, analizaremos sus objetivos y principales características, las organizaciones que lo protagonizaron y los medios de lucha empleados. También repasaremos los hechos más relevantes y dedicaremos un apartado específico al papel de las mujeres, con frecuencia relegado a un segundo plano en los relatos tradicionales.

Vamos a terminar este artículo con un ejemplo resumen que ofrecíamos en aquella ponencia de la UNED. Se trata del árbol genealógico de una familia de Laciana que permite recorrer, a través de cinco generaciones, un siglo de movilizaciones mineras. Sus protagonistas estuvieron presentes en algunos de los principales hitos de esta historia: Adolfo García Calvo y Francisco Álvarez Pinillas en la Revolución de Octubre de 1934; Servando García y Francisco Álvarez en las huelgas de 1962; José Luis García en las movilizaciones de 1992; y Omar García en las de 2012.

«El árbol genealógico de las familias García y Álvarez en Laciana se cruza con un siglo de movilizaciones mineras en España: desde la Revolución de Octubre de 1934 durante la Segunda República, pasando por las huelgas de 1962 que marcaron un antes y un después en plena dictadura franquista y hasta las marchas negras que en 1992 y 2012 alteraron la vida de un país ya en democracia a través de cuatro generaciones que llevaron con orgullo el testigo de su oficio y su lucha», se puede leer en el artículo «Las huelgas mineras de nuestros antepasados», de César Fernández, publicado el 26 de junio de 2022 y en el que colaboramos.

Adolfo García Calvo fue minero, militante socialista y del Sindicato Minero Castellano, participó en el Frente Norte republicano y acabaría en la cárcel y en una fosa común. Francisco Álvarez Pinillas, rampero en MSP desde 1928, causó «baja por revolución» por su participación en la Revolución de Octubre de 1934, así como en la defensa de la República en julio de 1936. Servando García y Francisco Álvarez participaron en el mayor movimiento huelguístico contra el franquismo, el de 1962, que dio lugar a las primeras Comisiones Obreras estables en el valle. José Luis García Gurdiel, «Gurdi», picador de Carrasconte, es, para quienes hemos estudiado las actas de los comités de empresa de MSP de los años ochenta y noventa, una de las figuras clave por sus intervenciones y su lectura de las situaciones más complicadas. Llegó a ser secretario comarcal de CCOO y presidente del Comité de Empresa de la MSP. Una figura fundamental en las movilizaciones de 1992, que consiguieron preservar la minería en Laciana un cuarto de siglo más. Además, en su persona se conserva un elemento clave de lo que fue la fusión del movimiento obrero y la cultura, con numerosas pinturas, murales y fotografías.

Su hijo, Omar García, también miembro del Comité de CMC y secretario comarcal de CCOO, que afirma en el artículo sentir el orgullo por «haber llevado el testigo de la cultura minera», fue quien vivió la peor parte. «A mí me tocó el cierre, que es lo más jodido, lo peor». Sin embargo, la movilización, hasta la ruptura biográfica que supuso el cierre de la minería, fue una constante. Un ejemplo resumen, a través de esta saga de mineros lacianiegos, que nos permite transitar por los principales hitos de un siglo de lucha minera en Laciana y El Bierzo, en el que se heredan tanto el oficio como la lucha.

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