Para arrancar carbón se necesita organizar a un conjunto de trabajadores y una serie de herramientas y tecnologías que permiten llevar a cabo cada uno de los procesos de avance, sostenimiento y extracción del mineral.
Para arrancar derechos es algo parecido: se
necesita que los trabajadores estén organizados. Una herramienta, que es el
movimiento obrero y sindical, que permita llevar a cabo los diferentes procesos
de lucha, tales como huelgas, paros, votaciones y otro tipo de repertorio
reivindicativo y movilizador que irá evolucionando con los siglos.
Hoy, en Nuestra Historia, El Bierzo y Laciana,
vamos a comenzar una serie de cuatro artículos sobre esta historia y su
evolución. Esta serie de artículos bebe de la ponencia «Un siglo de lucha obrera en
las minas del Bierzo y Laciana (1918–2018)», que ofrecimos en la UNED el
Aunque hemos escogido las fechas 1918 y 2018,
coincidiendo con la legalización de los sindicatos socialistas de La Silva y
Torre del Bierzo y del sindicato católico en Villaseca de Laciana, además del
inicio de la construcción del tren de MSP y el cierre del sector en estas
comarcas en 2018, somos conscientes de que hubo sindicalismo minero antes y lo
hubo posteriormente, por ejemplo negociando las políticas de transición, entre
otras.
En estos cuatro artículos veremos los tres
horizontes en los que hemos dividido este siglo, con sus interludios: el
sindicalismo revolucionario de preguerra, el movimiento sindical antifranquista
y el sindicalismo democrático frente a la reconversión. Teniendo en cuenta que
los sindicatos mineros, pertenecientes fundamentalmente a movimientos de clase,
fueron organizaciones sociopolíticas que vertebraron la sociedad de las
cuencas, más allá del sindicalismo económico-profesional.
El sector minero será un sector en crisis
permanente e, incluso, sus épocas de crecimiento se dan sobre la base de tres
crisis: la de la Primera Guerra Mundial, la de la posguerra y la llamada crisis
del petróleo de los años setenta. El movimiento obrero vive épocas de ascenso
en las crisis que había producido ese crecimiento. Hay un correlato inverso
entre el auge de la movilización y el declive del sector.
Este movimiento obrero se adapta a las
características del sector minero en estas comarcas: fragmentado,
descapitalizado, atravesado por una dependencia tecnológica, capital foráneo,
sin transformación, que drena riqueza hacia otras clases y territorios, e
intensivo en mano de obra.
La cultura de la movilización en la minería está
marcada por ese sector en crisis. Las relaciones obrero-patronales son
conflictivas de principio a fin.
Como en el resto de España, los mineros han sido
vanguardia y sublimación del movimiento obrero, incluso un icono que ha
expresado su fuerza sobre la base de tres elementos: organización + conciencia +
dinamita.
En distintas épocas han afrontado las más
adversas dificultades y han sido pioneros: en la revolución de 1933 en Fabero,
que se adelanta a la de 1934; en la defensa de la República por las armas tras
perder lo ganado en las urnas en 1936; en el impulso a las guerrillas; en la
creación de las primeras Comisiones Obreras estables en la MSP de Laciana en
1962; o en experiencias exitosas de lucha contra la reconversión industrial en
1992, 1993 y 1994.
En parte, esto se explica por la configuración
del propio oficio: las relaciones de amor y odio hacia la profesión, el
orgullo, los lazos de dependencia y de solidaridad. El monocultivo y la
dependencia hacen que toda la comunidad se implique. Un hecho que fue creando
comunidades concienciadas que saben que las cosas se cambian con lucha. Incluso
los métodos de explotación se negocian, como ocurre con los destajos.
Las movilizaciones se viven como una prueba de
fuerza. Hay varios factores que explican que la cultura de la movilización en
la minería se mueva entre el todo o nada: la huelga como prueba de fuerza
(hasta el límite), el «desafío» como forma de exteriorizar el conflicto. El
recurso a la huelga indefinida o revolucionaria es prueba de ello.
El lugar de trabajo, la mina, especialmente la de
interior, es determinante. Se trata de un espacio peligroso, donde el trabajo
desafía directamente a la naturaleza y donde la siniestralidad, la penosidad y
la cercanía de la muerte forman parte de la experiencia cotidiana. Compartir
riesgos y depender de otros compañeros para sobrevivir genera fuertes vínculos
de solidaridad, conciencia de clase y orgullo profesional. Al mismo tiempo, el
monocultivo del carbón convierte a las comunidades mineras en dependientes del
sector, de modo que la identidad minera trasciende lo laboral e identifica al
conjunto de la población. Pero también es importante la politización, la
influencia en cada momento de las ideologías del movimiento obrero, sean
anarcosindicalistas, socialistas o comunistas, que le brindan asideros y
horizontes que recorrer y que explican sacrificios en momentos en que parece
que todo está perdido.
Instinto, conciencia de clase e identidad minera
se funden en una cosmovisión basada en la lógica de clases y en el binomio
ellos-nosotros. Esta forma de ver el mundo se desarrolla en torno a un
antagonismo claro que ordena las relaciones sociales y políticas en las
comunidades mineras. Un análisis situado en la lógica de clases.
El «ellos» sería la empresa, el Estado, el
personal de confianza y los afectos al régimen. El «nosotros»: los
trabajadores, los represaliados y sus familias. La represión, además de
castigo, funciona como eje ordenador que refuerza la unidad de clase y la
memoria.
En esas condiciones se van creando unas normas
comunitarias en las que el esquirolaje, es decir, quien trata de sacar ventajas
individuales, constituye una transgresión severamente penalizada mediante el
aislamiento y el desprecio. En el último periodo llegó incluso a contar con un
nombre, al menos en la zona de El Bierzo: el «tragaminas».
Este «hilo rojo», marcado por el peso de la
historia, se traduce en las herencias del oficio y de las luchas que
reaparecen, se adaptan y se reutilizan. Por ejemplo, los símbolos de la
revolución de 1934 se impregnaron en las movilizaciones de 2012. La épica del
62 se utilizó como argumento para instar a la movilización en 1992.
Incluso conforma una cultura minera en la que el
orgullo, el accidente y la épica de la lucha conviven en sus representaciones.
No hay sector laboral que haya impregnado tanto el mundo de la representación
artística.
En cada uno de los siguientes tres artículos
seguiremos una misma estructura. Comenzaremos por los antecedentes de cada
periodo, analizaremos sus objetivos y principales características, las
organizaciones que lo protagonizaron y los medios de lucha empleados. También
repasaremos los hechos más relevantes y dedicaremos un apartado específico al
papel de las mujeres, con frecuencia relegado a un segundo plano en los relatos
tradicionales.
Vamos a terminar este artículo con un ejemplo
resumen que ofrecíamos en aquella ponencia de la UNED. Se trata del árbol
genealógico de una familia de Laciana que permite recorrer, a través de cinco
generaciones, un siglo de movilizaciones mineras. Sus protagonistas estuvieron
presentes en algunos de los principales hitos de esta historia: Adolfo García
Calvo y Francisco Álvarez Pinillas en la Revolución de Octubre de 1934;
Servando García y Francisco Álvarez en las huelgas de 1962; José Luis García en
las movilizaciones de 1992; y Omar García en las de 2012.
«El árbol genealógico de las familias García y
Álvarez en Laciana se cruza con un siglo de movilizaciones mineras en España:
desde la Revolución de Octubre de 1934 durante la Segunda República, pasando
por las huelgas de 1962 que marcaron un antes y un después en plena dictadura
franquista y hasta las marchas negras que en 1992 y 2012 alteraron la vida de
un país ya en democracia a través de cuatro generaciones que llevaron con
orgullo el testigo de su oficio y su lucha», se puede leer en el artículo «Las
huelgas mineras de nuestros antepasados», de César Fernández, publicado el
26 de junio de 2022 y en el que colaboramos.
Adolfo García Calvo fue minero, militante
socialista y del Sindicato Minero Castellano, participó en el Frente Norte
republicano y acabaría en la cárcel y en una fosa común. Francisco Álvarez
Pinillas, rampero en MSP desde 1928, causó «baja por revolución» por su
participación en la Revolución de Octubre de 1934, así como en la defensa de la
República en julio de 1936. Servando García y Francisco Álvarez participaron en
el mayor movimiento huelguístico contra el franquismo, el de 1962, que dio
lugar a las primeras Comisiones Obreras estables en el valle. José Luis García
Gurdiel, «Gurdi», picador de Carrasconte, es, para quienes hemos estudiado las
actas de los comités de empresa de MSP de los años ochenta y noventa, una de
las figuras clave por sus intervenciones y su lectura de las situaciones más
complicadas. Llegó a ser secretario comarcal de CCOO y presidente del Comité de
Empresa de la MSP. Una figura fundamental en las movilizaciones de 1992, que
consiguieron preservar la minería en Laciana un cuarto de siglo más. Además, en
su persona se conserva un elemento clave de lo que fue la fusión del movimiento
obrero y la cultura, con numerosas pinturas, murales y fotografías.
Su hijo, Omar García, también miembro del Comité
de CMC y secretario comarcal de CCOO, que afirma en el artículo sentir el
orgullo por «haber llevado el testigo de la cultura minera», fue quien vivió la
peor parte. «A mí me tocó el cierre, que es lo más jodido, lo peor». Sin embargo,
la movilización, hasta la ruptura biográfica que supuso el cierre de la
minería, fue una constante. Un ejemplo resumen, a través de esta saga de
mineros lacianiegos, que nos permite transitar por los principales hitos de un
siglo de lucha minera en Laciana y El Bierzo, en el que se heredan tanto el
oficio como la lucha.
No hay comentarios:
Publicar un comentario