Presentación

Nuestra historia, a modo de presentación

miércoles, 15 de julio de 2020

Eloy Terrón, uno de los nuestros


El siguiente texto forma parte del reportaje coordinado por Carmen Busmayor que La Nueva Crónica de León ha publicado con motivo del centenario del nacimiento de Eloy Terrón. En la iniciativa participo junto a la propia Carmen, Juan Carlos Mestre, Rogelio Blanco, José María Merino, Rafael Jerez y Laurentino González.

Eloy Terrón, uno de los nuestros
  
Eloy Terrón cumpliría el pasado mes de diciembre cien años. Un siglo después, las preguntas son casi obligadas: ¿Qué puede aportar un intelectual fallecido hace 18 años a la sociedad actual? ¿Cómo puede ayudar su pensamiento al pueblo minero que vio nacer y que hoy vemos morir? ¿Qué nos puede enseñar a los jóvenes docentes y sindicalistas? ¿Cómo se pueden ver reflejadas las nuevas generaciones de estudiantes y trabajadores/as en su figura?

La respuesta es compleja, quizás se podría resumir en tres ideas, coherencia, orientación y referencia. Terrón supo adaptar creativamente su condición a las diferentes situaciones que le tocó vivir sin perder su esencia.

La preparación de una excursión para el alumnado del instituto de Fabero y la inquietud de Carmen Busmayor están en el origen de estas líneas. Explicar la historia de España, de la cual Eloy era un profundo conocedor, a través de un itinerario por el pueblo. Una forma de aplicar el magisterio que nos legó.

Eloy Terrón era un intelectual del pueblo y un intelectual de pueblo, él mismo decía “yo me siento pueblo, pueblo campesino y minero”. Su biografía recoge lo mejor de las tradiciones obreras, democráticas y antifascistas de España. Distintas formas de lucha, un mismo objetivo. Desde el SUM de Fabero hasta la Fundación 1º de Mayo de las CCOO, pasando por el ejército popular, el PCE o el CAUM.

El magisterio de Eloy Terrón es genuino, tanto del que parte como el que imparte. Su formación comienza en la práctica, desarrolla teoría y vuelve a la práctica. Un intelectual cuyas manos antes de acariciar la pluma abrazaron el arado y apretaron la maza, incluso tomaron las armas. Un pensador que hablaba a la clase trabajadora desde la clase trabajadora.

Su objetivo era hacer ciencia para el conocimiento común, rechazando la cultura elitista, clasista y formalista, que se encierra sobre sí misma. Señalaba la ruptura existente entre la academia y la calle. Detestaba la enseñanza reducida a la simple acumulación de contenidos, en lugar de orientada a aprender a pensar. Defensor de la educación pública, de su importancia para las zonas rurales y las clases populares. Una enseñanza entendida como ejemplo.

Una educación pública que cobra más importancia, si cabe, para el alumnado de la España vaciada. Que la necesita para “orientarse en el medio tecnificado en que vive, entenderlo y superarlo”, para afrontar las nuevas dificultades, para reforzar su autoestima, y hasta para resolver los problemas de identidad que surgen en una sociedad minera que ha visto cómo ha desaparecido el suelo bajo sus pies.

La revista de su sindicato, CCOO, lo despidió diciendo que su filosofía fue comunicada con el sentido pedagógico de los maestros de pueblo y con la ética expresada a través de su rigor científico y su compromiso político.

Eloy Terrón fue un intelectual orgánico. Un profesor universitario que miró al mundo desde lo hondo de una mina y no desde lo alto de su cátedra. Un educador que renunció a la cátedra en solidaridad con sus compañeros represaliados por la dictadura franquista. Un obrero del pensamiento, un maestro de la clase y un profesor con clase. Su ejemplo nos enseña a avanzar sin perder la perspectiva. Elevarse sin marearse. A no olvidar de dónde vienes, quien eres y a quien te debes.

Terrón prestó importancia al conocimiento de la historia, consciente de la labor que “como pueblo, tenemos que esclarecer nuestra conciencia colectiva. Tenemos que entender nuestro pasado reciente.”
Su pensamiento lúcido ya advertía, a comienzos de los 90, sobre las consecuencias de la reconversión industrial, de la situación de los países del sur de Europa y su inserción en la división internacional del trabajo y de la revolución tecnológica. Siempre poniendo el foco en su clase y su pueblo. No se equivocaba, hacía una radiografía certera de lo que hoy es una realidad cuando señalaba que “los patronos se dedicaron a saquear el subsuelo del pueblo, en el que sólo quedaron unos míseros salarios, porque la masa central de la riqueza emigró lejos de allí (…) en la cuenca de Fabero quedaron las escombreras”.

Los colectivos humanos necesitan certezas. Hoy las incertidumbres se apoderan de un Fabero que está asistiendo a un proceso de re-ruralización y despoblación acelerada en paralelo a la desindustrialización. Cuando nos perdemos, lo mejor es desandar el camino. Releer hoy a Eloy Terrón puede ser una brújula para orientarnos en la transición energética y digital.

Su suerte corrió pareja a la de su clase y su pueblo, lo dio todo y salió por la puerta de atrás. Existe una frialdad heladora en cómo se terminó con la calefacción de España, también en cómo se ha relegado la figura de uno de sus mejores pensadores. “¡Cuántos esfuerzos, trabajos y miserias para seguir viviendo!” Porque hasta en eso, en la derrota, es uno de los nuestros.

 Alejandro Martínez Rodríguez


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