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viernes, 19 de junio de 2026

Las Misiones Pedagógicas en La Cabrera (Un reportaje de Estampa, 1932)

Las Misiones Pedagógicas fueron un proyecto de educación popular creado en 1931 por la recién proclamada República española. El Patronato de Misiones Pedagógicas nació con el fin de «difundir la cultura general, la moderna orientación docente y la educación popular en aldeas, villas y lugares, con especial atención a los intereses espirituales de la población».

En una España todavía mayoritariamente rural, las Misiones trataban de llevar la cultura a aquellas regiones más aisladas con una clara vocación de «justicia social». Como explicaban sus impulsores, esta consistía en «lo contrario del aislamiento, que es la comunicación para enriquecer las almas y hacer que vaya surgiendo en ellas un pequeño mundo de ideas y de intereses, relaciones humanas y divinas que antes no existían».

Para ello, las Misiones transportaban proyectores cinematográficos, bibliotecas circulantes, gramófonos y colecciones de reproducciones artísticas. Los misioneros procedían de ámbitos muy diversos: maestros, inspectores de educación, escritores, médicos, estudiantes y otros voluntarios comprometidos con la extensión de la cultura, además del personal encargado de la logística y el transporte.

Entre las regiones más aisladas a las que llegaron las Misiones se encontraba La Cabrera. En aquellos años la comarca era percibida como una de las zonas más atrasadas y peor comunicadas de España. El propio Gobierno de la República reconocía oficialmente esta situación. El 29 de junio de 1932, el diario El Liberal informaba de la creación de una comisión integrada por médicos, abogados y diputados leoneses para visitar y estudiar la situación de La Cabrera, considerada «tan crítica como la de Las Hurdes» y que necesitaba las medidas más eficaces para remediar su aislamiento y pobreza.

Fueron varias las Misiones Pedagógicas que recorrieron La Cabrera durante los años de la República. La primera de ellas dio lugar a un reportaje publicado por la revista Estampa, una de las principales publicaciones gráficas españolas de la época, caracterizada por sus amplios reportajes fotográficos y por acercar a sus lectores la realidad social del país.

Años después, entre el 1 y el 10 de septiembre de 1934, una nueva misión recorrió diversos pueblos cabreireses. Durante aquellos días se desarrollaron actividades de cine y música en localidades como La Baña, Losadilla, Encinedo, Quintanilla de Losada y Nogar, llevando nuevamente la cultura y el entretenimiento a una comarca donde estas iniciativas constituían un acontecimiento extraordinario.

La primera misión pedagógica que recorrió La Cabrera se desarrolló entre el 23 y el 30 de julio de 1932 fue organizada en colaboración con la comisión parlamentaria y estuvo integrada por los inspectores de Primera Enseñanza Alejandro Rodríguez, Salvador Ferrer y José Ruiz Galán, junto a Gonzalo Menéndez Pidal. Los misioneros atravesaron la comarca de este a oeste recorriendo Truchas, Quintanilla-Ambasaguas, La Baña, Silván y Pombriego, transportando cinematógrafo, gramófono, provisiones y tienda de campaña. Tras largas jornadas a pie bajo el calor del verano, llevaron por primera vez el cine y otras manifestaciones culturales a pueblos que desconocían por completo estos medios. Según la memoria del Patronato, las sesiones fueron recibidas con un entusiasmo extraordinario y llegaron a congregar en localidades como La Baña a más de un millar de personas en proyecciones nocturnas al aire libre, según la memoria de 1934, correspondiente a 1932 y 1933.

En próximos artículos ahondaremos en esta realidad de las misiones en La Cabrera, y también visitaremos otros lugares como el Valle de Fornela, con fotografías y testimonios. A continuación la transcripción del reportaje publicado por Estampa el 23 de julio de 1932.

 “Las Misiones Pedagógicas enseñan lo que es un automóvil, un aeroplano...

EL ENCUENTRO

Coincidimos una tarde en una senda de La Cabrera, donde rebrincan los rebecos y aguardan los lobos, de noche, el paso del ganado.

Era una senda que trepaba por la sierra, borrándose a veces en los canchales, en el monte bajo, y que se adivinaba más que se veía. Este camino conduce al fin del mundo: a La Baña, el pueblo que se muere de hambre, que ignora la moneda...

Caminaban de prisa, a pie, seguidos por una reata de mulos pesadamente cargados. Eran muchachos jóvenes, curtidos por el sol, fuertes. Entre sus arreos deportivos florecía alguna que otra chalina. Cantaban para acortar el camino viejas canciones de esa tierra; tan viejas algunas, que en los riscos debían despertarse ecos antiguos con perfume de romancero.

Figúrese el lector un pueblecito perdido en la serranía leonesa. Puede llamarse Truchas, Ambasaguas, Carriseda, La Baña... Lo mismo da: un pueblecito de pizarra, cuyos habitantes no se asomaron aún a la edad moderna, ignorando la existencia del aeroplano, del automóvil, del cinematógrafo...

Unos muchachos forasteros, extrañamente vestidos para los usos del país, aparecen inesperadamente. En caballerías traen unos artefactos desconocidos, que ellos mismos comienzan a descargar. Buscando la sombra, las viejas dormitan o se espulgan; pero todos los ojillos se encienden ante el espectáculo singular.

—¡Ricundina!, mi suerte! Militares son, ¡santo «Deu»!... ¡Y yo con un nieto rapaz!

—Guerras, guerras... Dicen que los mozos se matan entre ellos... Si vieranlos venir los míos, ¿por qué no escapan a la sierra?

En torno de los forasteros están ya todos los chiquillos del pueblo.

—Decid al maestro que están aquí los de la Misión Pedagógica.

—¿Qué?

—Los de la Misión... Anda, rapaz, díselo tú, que pareces el más espabilado.

Como es el atardecer, vuelven los hombres del campo; los rebaños apuntan por las lomas, se incendian, cimeros, con los últimos rayos del sol, y se tornan azules al bajar la barranca. Las viejas se han acercado a los hombres extraños; mozas y mozos se van agrupando en la plaza como en los días santos cuando suena la gaita y el tamboril.

—¿Vais a llevar a los mozos?

—No; venimos a enseñaros el cinematógrafo, el gramófono; a devolveros los viejos romances que compusisteis hace mucho tiempo, y que ya habéis olvidado.

Nadie comprende nada. Pero uno de los misioneros tiene una ocurrencia feliz:

—Somos los de los títeres.

—¡Títeres! —grita una moza que el año pasado llegó hasta cerca de Astorga y cruzó una caravana de húngaros.

—¡Títeres! —repiten por el pueblo mozos y mozas, viejos y rapaces, que escucharon el relato de este festejo exótico y lo comentaron tantas veces en torno de la olla...

LA MISIÓN

Así, de modo tan inesperado, en la tierra más pobre y más atrasada de España, he encontrado una Misión Pedagógica.

Y me alegro haber coincidido con ella en las veredas de La Cabrera, tras largas jornadas de marcha por tierra de lobos. En Madrid, en las oficinas de esta organización ejemplar, me hubieran dado todos los detalles acerca de su funcionamiento. En Madrid, escuchando el rumor de la calle, vestidos con ropas limpias de ciudad y cómodamente sentado frente a una mesa de despacho, me habrían enterado de que el Patronato de las Misiones Pedagógicas, con un presupuesto irrisorio, organiza continuamente expediciones a las regiones más apartadas de España; que los muchachos que las componen lo hacen desinteresadamente, y que sólo se les exige una sólida cultura y una gran abnegación; que las Misiones llevan gramófonos con música popular, tomavistas cinematográficos, aparatos de proyección, libros... Hubiera sabido muchas cosas, bien es verdad, pero...

Pero ignoraría lo que es una noche en tienda de campaña en las sierras de León y el levantarse al alba para luchar con el frío, junto a una hoguera de pastor...

Y los camastros llenos de miserias en las chozas de estos apartados pueblos, junto al ganado...

Y las comidas hediondas que hay que tragar heroicamente para no enojar al anfitrión local...

Y las tres horas horribles de sesión en el local de la escuela con doscientas personas apiñadas. ¡Doscientas personas que no se lavan en la vida!...

Y la lucha con el cacique y con las viejas recelosas; la infinita angustia física, después de ocho días sin lavarse, sin afeitarse, sintiendo en el cuerpo la comezón de inmundos insectos...

Y hubiera ignorado también que en estos pueblos primitivos y aislados, los muchachos de las Misiones son los primeros que explican en lenguaje sencillo lo que es la República; los primeros que llevan a ese pobre gentío una esperanza de redención.

«EL AUTOMÓVIL ANDA SOLO, SIN NECESIDAD DE CABALLERÍAS NI BUEYES...»

La Misión que recorre los pueblos de La Cabrera está compuesta por Alejandro Rodríguez, inspector de Primera Enseñanza, de Madrid; José Ruiz Galán y Salvador Ferrer, inspectores de León, y Gonzalo Menéndez Pidal, doctor en Ciencias.

Como el local de la escuela es reducido, hoy se dan dos sesiones: una por la mañana y otra por la tarde.

—¿Con las ventanas cerradas? —pregunta un misionero.

—¡Qué le vamos a hacer!

A las seis de la tarde hay más de doscientas personas en la escuela, donde apenas caben treinta niños. Las ventanas se hallan herméticamente cerradas para permitir la proyección. Un olor denso, agrio, se agarra a la garganta y nos hace toser.

El programa para esta sesión se compone de películas documentales, trozos del romancero, música popular y, por último, de una charla sobre la Constitución.

La sala ha quedado a oscuras. Un misionero explica:

—Sobre esa sábana blanca que hay delante de vosotros vais a ver personas que mueven brazos, automóviles... No os asustaréis, que nada malo puede ocurrir, y escuchad las explicaciones.

«El mar es una extensión muy grande de agua salada. Algo así como si el río de aquí comenzara a crecer, a crecer, y cubriera todo el valle, más allá de donde la vista alcanza. Ese agua separa otras tierras, donde también viven personas como vosotros, y para ir hasta ese país se emplean los barcos. ¿Vosotros no sabéis lo que es un barco?... ¿Habéis visto cómo flotan sobre el río los trozos de madera? Pues los barcos son algo así como unas cajas muy grandes de madera, donde se meten las personas para caminar sobre el agua...»

Todos, hombres y mujeres, viejos y niños, escuchan atentamente, y en su imaginación se va formando la imagen que describe el narrador. En la pantalla surge el fotograma de un puerto lejano, y se ven barcos que parten y otros que llegan, dejando una estela pálida en el cielo y en el agua.

Un grito de emoción en todos los pechos. ¿Qué es eso que se mueve allí mismo? ¿Es una ventana abierta sobre horizontes lejanos y desconocidos?

Algunos se adelantan, tocan el lienzo y se ríen tranquilizados, aunque sin comprender el misterio de esa sucesión de imágenes. Una viejecita, cuyo hijo se fue a «las Américas» en un barco como ésos, llora silenciosamente. Las mozas se ríen y chillan de alegría. Los mozos expresan su satisfacción.

—¡Condenación!

Luego, son los automóviles, los aeroplanos. Los primeros se mueven sin caballerías ni bueyes, y los otros «vuelan como los pájaros, llevando personas en su interior».

—¡El demonio, santo «Deu»! —grita una vieja, espantada.

Pero los mozos y las mozas no se asustan y se ríen de la abuela. Tampoco se asustan cuando el gramófono oyen surgir la música. El canto sí que les extraña. ¿Dónde estará metida la moza en ese artefacto tan pequeño?

A la música popular suceden varios trozos del romancero. Yo no puedo aguantar más en esta atmósfera irrespirable; me asfixio...

—Quédese —me dice Menéndez Pidal—. Aún falta lo más interesante: la vieja poesía popular, que no conseguiría interesar lo más mínimo al público falsamente culto de la ciudad, entusiasma a estas gentes. La sienten como nadie, con su sensibilidad virgen y su divina simplicidad.

Pero no, no es posible. El misionero ha vencido al periodista. Ellos se quedan ahí durante una hora más, mientras yo busco en el aire fresco del atardecer el antídoto de esa horrible porquería que he metido dentro de mis pulmones.

EL ROMANCE DE LA LOBA PARDA

—Estamos en la plaza del pueblo preparando la partida. Mozos y mozas nos rodean sin temores ya. Un pastor se acerca.

—Ese cuento, el cuento de la loba —dice.

—¿Quieres escucharlo de nuevo?

—Sí.

En el horizonte hay oros antiguos. Se oye el ladrar de los mastines que ventean el lobo.

Estando yo en la mi choza
pintando la mi cayada,
las cabrillas altas iban
y la luna rebajada;
mal barruntan las ovejas:
no paran en la majada.

—Las ovejas... —comenta el pastor—. ¡Cuando el ganado se inquieta, la bestia no anda lejos!

Vide venir siete lobos
por una oscura cañada.
Venían echando suertes
cuál entrará en la majada;
le tocó a una loba vieja,
patituerta, cana y parda,
que tenía los colmillos
como puntas de navaja.

Ni una voz ni un comentario. En esta tierra de lobos, el romance pastoril cobra vida y vuela en el alma de los zagales.

Dio tres vueltas al redil
y no pudo sacar nada;
a la otra vuelta que dió
sacó la borrega blanca,

hija de la oveja churra,
nieta de la orijisana,
la que tenían mis amos
para el domingo de Pascua.

¡Aquí, mis siete cachorros;
aquí, perra trujillana;
aquí, perro el de los hierros;
a correr la loba parda!

Si me cobráis la borrega
cenaréis leche y hogaza;
y si no me la cobráis,
cenaréis de mi cayada.

—¡De la cayada! —gritan los chicos.

Los perros, tras de la loba,
las uñas se «semigajaban»;
siete leguas la corrieron
por unas sierras muy agrias.

Al subir un cuartito
la loba ya va cansada:

—Tomad, perros, la borrega
sana y buena como estaba.

—No queremos la borrega
de tu boca lobadana,
que queremos tu pelleja
«pa» el pastor una zamarra;
el rabo para correas,
para atacarse las bragas;
de la cabeza un zurrón
para meter las cucharas;
las tripas para vihuelas,
para que bailen las damas.

El romance ha terminado. Para dar fondo al retablo serrano y pastoril, un lobero cruza cargado con la bestia muerta. La voz del pastor se oye de nuevo:

—Y tú, ¿cómo acabaste con él?

—Le vi venir por una oscura cañada; echaban ascuas sus ojos; en su boca siete navajas brillaban...

Luis G. de Linares”

 

 





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