En
una España todavía mayoritariamente rural, las Misiones trataban de llevar la
cultura a aquellas regiones más aisladas con una clara vocación de «justicia
social». Como explicaban sus impulsores, esta consistía en «lo contrario del
aislamiento, que es la comunicación para enriquecer las almas y hacer que vaya
surgiendo en ellas un pequeño mundo de ideas y de intereses, relaciones humanas
y divinas que antes no existían».
Para
ello, las Misiones transportaban proyectores cinematográficos, bibliotecas
circulantes, gramófonos y colecciones de reproducciones artísticas. Los
misioneros procedían de ámbitos muy diversos: maestros, inspectores de
educación, escritores, médicos, estudiantes y otros voluntarios comprometidos
con la extensión de la cultura, además del personal encargado de la logística y
el transporte.
Entre
las regiones más aisladas a las que llegaron las Misiones se encontraba La
Cabrera. En aquellos años la comarca era percibida como una de las zonas más
atrasadas y peor comunicadas de España. El propio Gobierno de la República
reconocía oficialmente esta situación. El 29 de junio de 1932, el diario El
Liberal informaba de la creación de una comisión integrada por médicos,
abogados y diputados leoneses para visitar y estudiar la situación de La Cabrera,
considerada «tan crítica como la de Las Hurdes» y que necesitaba las medidas
más eficaces para remediar su aislamiento y pobreza.
Fueron
varias las Misiones Pedagógicas que recorrieron La Cabrera durante los años de
la República. La primera de ellas dio lugar a un reportaje publicado por la
revista Estampa, una de las principales publicaciones gráficas españolas de la
época, caracterizada por sus amplios reportajes fotográficos y por acercar a
sus lectores la realidad social del país.
Años
después, entre el 1 y el 10 de septiembre de 1934, una nueva misión recorrió
diversos pueblos cabreireses. Durante aquellos días se desarrollaron
actividades de cine y música en localidades como La Baña, Losadilla, Encinedo,
Quintanilla de Losada y Nogar, llevando nuevamente la cultura y el
entretenimiento a una comarca donde estas iniciativas constituían un
acontecimiento extraordinario.
La
primera misión pedagógica que recorrió La Cabrera se desarrolló entre el 23 y
el 30 de julio de 1932 fue organizada en colaboración con la comisión
parlamentaria y estuvo integrada por los inspectores de Primera Enseñanza
Alejandro Rodríguez, Salvador Ferrer y José Ruiz Galán, junto a Gonzalo
Menéndez Pidal. Los misioneros atravesaron la comarca de este a oeste
recorriendo Truchas, Quintanilla-Ambasaguas, La Baña, Silván y Pombriego,
transportando cinematógrafo, gramófono, provisiones y tienda de campaña. Tras
largas jornadas a pie bajo el calor del verano, llevaron por primera vez el
cine y otras manifestaciones culturales a pueblos que desconocían por completo
estos medios. Según la memoria del Patronato, las sesiones fueron recibidas con
un entusiasmo extraordinario y llegaron a congregar en localidades como La Baña
a más de un millar de personas en proyecciones nocturnas al aire libre, según
la memoria de 1934, correspondiente a 1932 y 1933.
En
próximos artículos ahondaremos en esta realidad de las misiones en La Cabrera,
y también visitaremos otros lugares como el Valle de Fornela, con fotografías y
testimonios. A continuación la transcripción del reportaje publicado por
Estampa el 23 de julio de 1932.
“Las Misiones
Pedagógicas enseñan lo que es un automóvil, un aeroplano...
EL ENCUENTRO
Coincidimos
una tarde en una senda de La Cabrera, donde rebrincan los rebecos y aguardan
los lobos, de noche, el paso del ganado.
Era
una senda que trepaba por la sierra, borrándose a veces en los canchales, en el
monte bajo, y que se adivinaba más que se veía. Este camino conduce al fin del
mundo: a La Baña, el pueblo que se muere de hambre, que ignora la moneda...
Caminaban
de prisa, a pie, seguidos por una reata de mulos pesadamente cargados. Eran
muchachos jóvenes, curtidos por el sol, fuertes. Entre sus arreos deportivos
florecía alguna que otra chalina. Cantaban para acortar el camino viejas
canciones de esa tierra; tan viejas algunas, que en los riscos debían
despertarse ecos antiguos con perfume de romancero.
Figúrese
el lector un pueblecito perdido en la serranía leonesa. Puede llamarse Truchas,
Ambasaguas, Carriseda, La Baña... Lo mismo da: un pueblecito de pizarra, cuyos
habitantes no se asomaron aún a la edad moderna, ignorando la existencia del
aeroplano, del automóvil, del cinematógrafo...
Unos
muchachos forasteros, extrañamente vestidos para los usos del país, aparecen
inesperadamente. En caballerías traen unos artefactos desconocidos, que ellos
mismos comienzan a descargar. Buscando la sombra, las viejas dormitan o se
espulgan; pero todos los ojillos se encienden ante el espectáculo singular.
—¡Ricundina!,
mi suerte! Militares son, ¡santo «Deu»!... ¡Y yo con un nieto rapaz!
—Guerras,
guerras... Dicen que los mozos se matan entre ellos... Si vieranlos venir los
míos, ¿por qué no escapan a la sierra?
En
torno de los forasteros están ya todos los chiquillos del pueblo.
—Decid
al maestro que están aquí los de la Misión Pedagógica.
—¿Qué?
—Los
de la Misión... Anda, rapaz, díselo tú, que pareces el más espabilado.
Como
es el atardecer, vuelven los hombres del campo; los rebaños apuntan por las
lomas, se incendian, cimeros, con los últimos rayos del sol, y se tornan azules
al bajar la barranca. Las viejas se han acercado a los hombres extraños; mozas
y mozos se van agrupando en la plaza como en los días santos cuando suena la
gaita y el tamboril.
—¿Vais
a llevar a los mozos?
—No;
venimos a enseñaros el cinematógrafo, el gramófono; a devolveros los viejos
romances que compusisteis hace mucho tiempo, y que ya habéis olvidado.
Nadie
comprende nada. Pero uno de los misioneros tiene una ocurrencia feliz:
—Somos
los de los títeres.
—¡Títeres!
—grita una moza que el año pasado llegó hasta cerca de Astorga y cruzó una
caravana de húngaros.
—¡Títeres!
—repiten por el pueblo mozos y mozas, viejos y rapaces, que escucharon el
relato de este festejo exótico y lo comentaron tantas veces en torno de la
olla...
LA MISIÓN
Así,
de modo tan inesperado, en la tierra más pobre y más atrasada de España, he
encontrado una Misión Pedagógica.
Y
me alegro haber coincidido con ella en las veredas de La Cabrera, tras largas
jornadas de marcha por tierra de lobos. En Madrid, en las oficinas de esta
organización ejemplar, me hubieran dado todos los detalles acerca de su
funcionamiento. En Madrid, escuchando el rumor de la calle, vestidos con ropas
limpias de ciudad y cómodamente sentado frente a una mesa de despacho, me
habrían enterado de que el Patronato de las Misiones Pedagógicas, con un
presupuesto irrisorio, organiza continuamente expediciones a las regiones más
apartadas de España; que los muchachos que las componen lo hacen
desinteresadamente, y que sólo se les exige una sólida cultura y una gran
abnegación; que las Misiones llevan gramófonos con música popular, tomavistas
cinematográficos, aparatos de proyección, libros... Hubiera sabido muchas
cosas, bien es verdad, pero...
Pero
ignoraría lo que es una noche en tienda de campaña en las sierras de León y el
levantarse al alba para luchar con el frío, junto a una hoguera de pastor...
Y
los camastros llenos de miserias en las chozas de estos apartados pueblos,
junto al ganado...
Y
las comidas hediondas que hay que tragar heroicamente para no enojar al
anfitrión local...
Y
las tres horas horribles de sesión en el local de la escuela con doscientas
personas apiñadas. ¡Doscientas personas que no se lavan en la vida!...
Y
la lucha con el cacique y con las viejas recelosas; la infinita angustia
física, después de ocho días sin lavarse, sin afeitarse, sintiendo en el cuerpo
la comezón de inmundos insectos...
Y
hubiera ignorado también que en estos pueblos primitivos y aislados, los
muchachos de las Misiones son los primeros que explican en lenguaje sencillo lo
que es la República; los primeros que llevan a ese pobre gentío una esperanza
de redención.
«EL AUTOMÓVIL ANDA SOLO, SIN NECESIDAD DE CABALLERÍAS NI
BUEYES...»
La
Misión que recorre los pueblos de La Cabrera está compuesta por Alejandro
Rodríguez, inspector de Primera Enseñanza, de Madrid; José Ruiz Galán y
Salvador Ferrer, inspectores de León, y Gonzalo Menéndez Pidal, doctor en
Ciencias.
Como
el local de la escuela es reducido, hoy se dan dos sesiones: una por la mañana
y otra por la tarde.
—¿Con
las ventanas cerradas? —pregunta un misionero.
—¡Qué
le vamos a hacer!
A
las seis de la tarde hay más de doscientas personas en la escuela, donde apenas
caben treinta niños. Las ventanas se hallan herméticamente cerradas para
permitir la proyección. Un olor denso, agrio, se agarra a la garganta y nos
hace toser.
El
programa para esta sesión se compone de películas documentales, trozos del
romancero, música popular y, por último, de una charla sobre la Constitución.
La
sala ha quedado a oscuras. Un misionero explica:
—Sobre
esa sábana blanca que hay delante de vosotros vais a ver personas que mueven
brazos, automóviles... No os asustaréis, que nada malo puede ocurrir, y
escuchad las explicaciones.
«El
mar es una extensión muy grande de agua salada. Algo así como si el río de aquí
comenzara a crecer, a crecer, y cubriera todo el valle, más allá de donde la
vista alcanza. Ese agua separa otras tierras, donde también viven personas como
vosotros, y para ir hasta ese país se emplean los barcos. ¿Vosotros no sabéis
lo que es un barco?... ¿Habéis visto cómo flotan sobre el río los trozos de
madera? Pues los barcos son algo así como unas cajas muy grandes de madera,
donde se meten las personas para caminar sobre el agua...»
Todos,
hombres y mujeres, viejos y niños, escuchan atentamente, y en su imaginación se
va formando la imagen que describe el narrador. En la pantalla surge el
fotograma de un puerto lejano, y se ven barcos que parten y otros que llegan,
dejando una estela pálida en el cielo y en el agua.
Un
grito de emoción en todos los pechos. ¿Qué es eso que se mueve allí mismo? ¿Es
una ventana abierta sobre horizontes lejanos y desconocidos?
Algunos
se adelantan, tocan el lienzo y se ríen tranquilizados, aunque sin comprender
el misterio de esa sucesión de imágenes. Una viejecita, cuyo hijo se fue a «las
Américas» en un barco como ésos, llora silenciosamente. Las mozas se ríen y
chillan de alegría. Los mozos expresan su satisfacción.
—¡Condenación!
Luego,
son los automóviles, los aeroplanos. Los primeros se mueven sin caballerías ni
bueyes, y los otros «vuelan como los pájaros, llevando personas en su
interior».
—¡El
demonio, santo «Deu»! —grita una vieja, espantada.
Pero
los mozos y las mozas no se asustan y se ríen de la abuela. Tampoco se asustan
cuando el gramófono oyen surgir la música. El canto sí que les extraña. ¿Dónde
estará metida la moza en ese artefacto tan pequeño?
A
la música popular suceden varios trozos del romancero. Yo no puedo aguantar más
en esta atmósfera irrespirable; me asfixio...
—Quédese
—me dice Menéndez Pidal—. Aún falta lo más interesante: la vieja poesía
popular, que no conseguiría interesar lo más mínimo al público falsamente culto
de la ciudad, entusiasma a estas gentes. La sienten como nadie, con su
sensibilidad virgen y su divina simplicidad.
Pero
no, no es posible. El misionero ha vencido al periodista. Ellos se quedan ahí
durante una hora más, mientras yo busco en el aire fresco del atardecer el
antídoto de esa horrible porquería que he metido dentro de mis pulmones.
EL ROMANCE DE LA LOBA PARDA
—Estamos
en la plaza del pueblo preparando la partida. Mozos y mozas nos rodean sin
temores ya. Un pastor se acerca.
—Ese
cuento, el cuento de la loba —dice.
—¿Quieres
escucharlo de nuevo?
—Sí.
En
el horizonte hay oros antiguos. Se oye el ladrar de los mastines que ventean el
lobo.
Estando
yo en la mi choza
pintando la mi cayada,
las cabrillas altas iban
y la luna rebajada;
mal barruntan las ovejas:
no paran en la majada.
—Las
ovejas... —comenta el pastor—. ¡Cuando el ganado se inquieta, la bestia no anda
lejos!
Vide
venir siete lobos
por una oscura cañada.
Venían echando suertes
cuál entrará en la majada;
le tocó a una loba vieja,
patituerta, cana y parda,
que tenía los colmillos
como puntas de navaja.
Ni
una voz ni un comentario. En esta tierra de lobos, el romance pastoril cobra
vida y vuela en el alma de los zagales.
Dio
tres vueltas al redil
y no pudo sacar nada;
a la otra vuelta que dió
sacó la borrega blanca,
hija
de la oveja churra,
nieta de la orijisana,
la que tenían mis amos
para el domingo de Pascua.
¡Aquí,
mis siete cachorros;
aquí, perra trujillana;
aquí, perro el de los hierros;
a correr la loba parda!
Si
me cobráis la borrega
cenaréis leche y hogaza;
y si no me la cobráis,
cenaréis de mi cayada.
—¡De
la cayada! —gritan los chicos.
Los
perros, tras de la loba,
las uñas se «semigajaban»;
siete leguas la corrieron
por unas sierras muy agrias.
Al
subir un cuartito
la loba ya va cansada:
—Tomad,
perros, la borrega
sana y buena como estaba.
—No
queremos la borrega
de tu boca lobadana,
que queremos tu pelleja
«pa» el pastor una zamarra;
el rabo para correas,
para atacarse las bragas;
de la cabeza un zurrón
para meter las cucharas;
las tripas para vihuelas,
para que bailen las damas.
El
romance ha terminado. Para dar fondo al retablo serrano y pastoril, un lobero
cruza cargado con la bestia muerta. La voz del pastor se oye de nuevo:
—Y
tú, ¿cómo acabaste con él?
—Le
vi venir por una oscura cañada; echaban ascuas sus ojos; en su boca siete
navajas brillaban...
Luis G. de Linares”
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