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sábado, 3 de octubre de 2026

Las drogas y las cuencas mineras. [Reportaje sobre Laciana, 1985]

«El fenómeno de la droga, no por reciente, resulta menos preocupante en Laciana que en otros lugares de España o del mundo». Así comenzaba el editorial del número 2 de la revista Laciana Actualidad, publicado en febrero de 1985. Un fenómeno que se aborda en varios artículos del mismo.

La década de 1980 estuvo marcada por la expansión del consumo de drogas, especialmente de la heroína, en numerosos barrios obreros y zonas afectadas por la reconversión industrial. Las cuencas mineras no permanecieron ajenas a este fenómeno, que pronto comenzó a convertirse en un importante problema social y sanitario.

La revista aborda todas las sustancias consideradas médicamente como «droga» y que provocan drogodependencia. «No importa que esta sustancia sea alcohol, hachís, tabaco, heroína, café o cualquier otra sustancia». Entendiendo como «enfermos» a quienes padecen una drogodependencia.

No obstante, deja el alcoholismo para futuros reportajes, al considerarlo «la otra droga de amplia expansión en el Valle y graves efectos: el alcohol».

El reportaje pone el foco en aspectos que todavía apenas se habían desarrollado: la información acerca de la droga, las curas y comprender las «causas sociales que es preciso conocer y sólo desde esa perspectiva es posible plantear soluciones que no sean ni represoras, ni paternalistas ni caritativas».

Uno de los primeros artículos surge de una investigación de la Policía Municipal para «detectar las redes de tráfico y consumo en Laciana». El título es cuando menos llamativo: «La droga ha llegado a los colegios de Villablino».

Los investigadores señalan las principales características del fenómeno en el valle. «El alto nivel de renta per cápita, la situación geográfica (…), la escasez de medios policiales para el control del tráfico y la rápida expansión de los estupefacientes hacen de Laciana una de las comarcas más rentables para los narcotraficantes.»

A mediados de la década de 1980 se había detectado «la presencia masiva de "chocolate" —hachís—, anfetaminas, ácidos y cocaína», mientras que la heroína tenía una menor implantación, ya que los canales de distribución no dependían de El Bierzo y Galicia, sino de Madrid y el País Vasco.

La inquietud social iba en aumento. Hasta entonces el tráfico y consumo se había centrado principalmente en el «chocolate», pero comenzaban a aparecer drogas más duras. Además, preocupaba el contacto con la vecina comarca de El Bierzo, donde se concentraba más del 50 % de los heroinómanos de la provincia de León. Son unos 2.000, o sea, más de 1.000 bercianos, «número impresionante si se coteja con los de otras zonas de España, como es el caso del País Vasco, con tres millones de habitantes y 11.000 heroinómanos», informaba la revista. Aunque se desconocía cuántos lacianiegos consumían heroína, las autoridades reconocían que sus cálculos «son pesimistas». Especialmente preocupante resultaba que la droga comenzase a llegar a los colegios.

En el colegio de EGB Generación del 27 se detectó la presencia de «camellos» en sus inmediaciones.

La investigación permite conocer los nombres de los traficantes que menudean con droga blanda, sospecha quién puede hacerlo a gran escala y realiza una «aproximación» a los «camellos» de droga dura.

Entre las páginas se recogen algunos testimonios, como el de Vicente Martínez Álvarez, que intenta recuperar todo lo que perdió con la droga. Un consumidor de «drogas blandas» que llegó a probar la heroína y que explica cómo el desempleo favoreció el aumento de su consumo, abandono que se produjo al incorporarse a trabajar en el grupo Lumajo de MSP, tras una experiencia breve. Afirma que la «primera vez que fumé hachís tenía 18 años. Fue una época en la que acompañaba varias facetas, tales como trabajar, estudiar por las noches y hacer deporte. Llegué a la droga digamos que para probar nuevas sensaciones. Y al principio no me entusiasmó. Creo que desde esa fecha hasta los 22 años puedo recordar las veces que fumé un “porro”. Normalmente en los guateques que hacíamos, como algo esporádico, fumábamos un “porro”».

Más tarde le preguntan “—¿Qué fué entonces lo que te impulsó a dar el salto hacia el consumo más asiduo?

—Después de mi estancia en Barcelona y una vez terminada la «mili» me quedé en Laciana. Yo iba a entrar a trabajar en una empresa de Ponferrada, pero por la zona comenzaron a surgir comentarios de que si yo era un drogadicto, con lo que estos malos informes hicieron que la empresa no me admitiese. Estuve tres años sin trabajo. En ese momento me hundí moralmente, y todos los días, salvo algunas labores con el ganado, no tenía nada que hacer. Sencillamente al llegar, y decidí que tenía que conocer el mundo de la droga a fondo. Empecé entonces a ir de una droga a otra para conocer todas las sensaciones. Al igual que otra mucha gente, siempre se comienza por el «porro», pero poco a poco te atraen otras sustancias. Probé las anfetaminas, tales como Dexidrina, y posteriormente los ácidos, sobre todo micropuntos.”

Además, el joven explica cómo comenzó el proceso de marginación y estigmatización con motes como «el drogota» y «el porrero».

Un hecho interesante es el testimonio sobre como entra en el mundo de la heroína:

«—¿Cómo diste el salto a la heroína o “caballo”?

—Fue una casualidad. Fui con un conocido a Valladolid y allí me presentó a unos “yonquis” —denominación que se da en el argot a los heroinómanos— y me piqué tres veces en dos días. No llegué a tener el síndrome de abstinencia —conocido también como “mono”— y después del último picotazo decidí dejarlo, porque me asusté.»

Se aleja de la heroína para no convertirse «en un esclavo de ella» y porque «siempre fui un buen deportista y me dí cuenta que esta actividad era incompatible con la droga».

El testimonio es impactante. A la pregunta «¿Qué fué lo que te asustó tanto en ese último “pico” de la heroína?», responde:

«—Recuerdo que después de inyectarme me tumbé en una cama y sufrí unas sensaciones auténticamente increíbles. Vi como de mi corazón salía una luz que se proyectaba en la pared, y allí veía un corazón y debajo de él un niño pequeño. Llegué a pensar que yo era Jesucristo, personaje por el cual tengo una gran admiración. Además sentía que tenía el globo terráqueo encerrado en mi cabeza.»

Concluye con una reflexión: «la droga lo que hace es encerrar los problemas de las personas en un paréntesis pero no los soluciona. Cuando se pasa, el efecto el problema sigue ahí y es el hombre quien tiene que enfrentarse a él para resolverlo».

Vicente sitúa el origen del «boom de la droga en Villablino» en torno a 1982. También sostiene que «la droga que llega a Villablino está totalmente adulterada», circunstancia que relaciona con muchas de las muertes atribuidas a sobredosis, que en realidad serían consecuencia de esa adulteración.

El médico José María Casado aborda el fenómeno desde la óptica de la «SALUD COMUNITARIA» en otro artículo igualmente duro.

«Para la familia del drogadicto es como un cáncer que destruye al ser querido, como una ola gigantesca que le aleja de la orilla ante su propia impotencia. (…)

La sensación como médico ante un drogadicto es de tristeza e impotencia. Es triste asistir a su autodestrucción, y es difícil comprender su renuncia a la vida y a la libertad (…). Pero ¿cómo curar a una personalidad deshecha que usa su libertad para repetir actos de autodestrucción?»

Para el doctor, «la respuesta es infantil: dejar la droga», pero reconoce que «las recaídas son frecuentes» y sitúa el énfasis en la prevención. «Más vale prevenir porque es muy difícil curar», especialmente entre «el escolar y adolescente», a través de la familia, la escuela y el ejemplo. Aunque plantea que «Nadie debe escurrir el bulto: padres, educadores, jueces, policías, políticos, sanitarios, organizaciones juveniles, etc., deberían sentarse en mesa redonda para tratar el problema de la droga en Laciana.»

Cuarenta años después, aquellos artículos constituyen un valioso testimonio de cómo una comarca minera comenzó a enfrentarse a uno de los mayores problemas sociales de los años ochenta, apostando por la información, la prevención y la comprensión del fenómeno más allá de las respuestas exclusivamente represivas. Una cuestión que abordaremos en futuros artículos para analizar cómo la sociedad organizada, especialmente el movimiento sindical, hizo frente a este problema, impulsando la prevención en los centros de trabajo y promoviendo iniciativas como SINDROAL (Sin drogas y alcohol) o a través de planes de prevención que UGT y CCOO presentaron dentro de MSP en años posteriores.

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