El 22 de mayo de 1938, en plena Guerra Civil, en el fuerte de San Cristóbal de Pamplona, se produce la mayor fuga carcelaria de la historia de Europa. Un total de 795 presos se evaden del penal franquista. Cientos son apresados. 206 fallecen en el intento, abatidos en los montes navarros. Otros 14 serían fusilados después, acusados de organizar la evasión. Solo tres consiguen alcanzar la frontera francesa. Uno de ellos es Jovino Fernández González, de Santa Marina del Sil.
La evasión del Fuerte de Ezkaba tuvo repercusión
internacional. Incluso The New York Times informó sobre ella. En cambio,
la prensa local guardó silencio. La censura franquista impuso la versión
oficial y ocultó durante décadas la magnitud de la represión.
Jovino nace en 1908 en Santa Marina del Sil (Toreno),
en el seno de una familia humilde de campesinos, Andrés y Ana María, en El
Bierzo preminero. Cuando había maestro iba a la escuela; cuando no, su padre le
enseñaba en casa a leer a la luz del candil. En verano pescaba truchas,
pastoreaba las cabras y acudía a las ferias de ganado de Ponferrada.
La explotación industrial del carbón y las necesidades
familiares lo incorporan al trabajo en la mina con tan solo catorce años. La
mili lo llevará a San Sebastián y, de ahí, el destino lo conduce a Santander,
donde trabajará como albañil, en un contexto en el que se proclama la II
República. En Cantabria se afilia a la CNT.
Poco tiempo después retorna a su tierra y a la mina,
en Toreno. Durante la revolución de octubre de 1934 es encarcelado en León,
Astorga y la cárcel Modelo de Oviedo. Con la victoria del Frente Popular y el
decreto de amnistía recobra la libertad.
El 18 de julio de 1936, el golpe de Estado contra la
República lo sorprende en Asturias. Allí, en Luarca, ingresa en las milicias. En
noviembre se integran en el Ejército del Norte, donde formará parte de la 12.ª
Brigada Mixta. Jovino llega a ser sargento de Enlaces y Transmisiones del
Batallón 212.
Combate al general Mola en la defensa de Bilbao y,
cuando cae la capital vasca en manos fascistas, se repliegan a Cantabria. Allí,
en agosto, la nueva ofensiva franquista lo sorprende en el valle de Cayón,
donde se niegan a retirarse y es capturado. Consigue llegar a Santander como
prisionero, evitando los fusilamientos masivos de los italianos. También evita
la muerte cuando en la capital cántabra «se empezó a suprimir con ametralladora
a gran parte» de la población reclusa para evitar la masificación. Sin embargo,
apenas sobrevive: «Sin comer, sin dormir, sin atención alguna».
Desde Santander es trasladado al fuerte de San
Cristóbal de Pamplona, adonde llega el 23 de octubre, con 29 años. Las
condiciones son extremas por la represión, el frío y el hambre.
«El jefe del Penal era un hermano del teniente aquel
que cometió la feroz matanza de Casas Viejas: el teniente Rojas. Los dos
hermanitos poco se pueden dar en cara. Tal para cual», afirma. Allí se
encuentra «Sin ropa, sin colchoneta, sin nada; con mis pobres harapos de
prisionero me metieron en la brigada del patio. La comida horrible». Hasta el
punto de que cuenta que «un día en la ración de potaje para cuarenta hombres,
pudimos contar hasta sesenta garbanzos».
Cuando Jovino llevaba 7 meses y 29 días, el domingo
22 de mayo de 1938, cuando se encontraba en el suelo de su celda, entre
el ruido de puertas y cerrojos, escuchó: «¡A la calle, compañeros. Estáis
libres!». «Y no sé concretamente cómo se produjo el acontecimiento, ni quién
organizó», un grupo reducido de presos llevaba tiempo organizándolo en secreto
y consiguió ir desarmando guarniciones.
Así que, con la nueva situación, «Nos aprestamos a
salir, corríamos», comentaba Jovino, que iniciaba una nueva odisea, mientras
escuchaban las ametralladoras, sin saber muy bien la dirección, del dispositivo
que trataba de capturarlos sin miramientos.
«Por las carreteras volaban los camiones cargados de
guardias civiles y de requetés. La columna se desparramó por los bosques y por
los barrancos en la noche. Al día siguiente, desde nuestros escondrijos,
comprobábamos con qué saña se nos perseguía.»
Arropados solo por la espesura de los bosques durante
el día y avanzando por las noches, Jovino se guiaba por su sentido de la
orientación, especialmente por las estrellas, acostumbrado a las largas
caminatas por los montes de El Bierzo para ir a las ferias.
La huida fue realmente dura. «Comía hojas de roble y
hierbas, las que creía que pudieran ser buenas. Estaba hecho polvo. Tenía
entendido que desde Pamplona a la frontera solo hay 47 kilómetros. Así pasaron
cerca de diez días. Cada día me libraba, por verdadero milagro, de que me
atrapasen. […]». Su testimonio lo certifica: «En una ocasión permanecí más de
dos horas metido en un río. Ladraban los perros rastreadores. “Pues este cabrón
se ha metido aquí, y aquí lo hemos de encontrar”».
Tras 12 días de huida se encuentra a un pastor,
posiblemente entre Mendiundi y Lindus, que le da pan y queso, al que acaba
confesando su condición de fugitivo, que no puede ocultar, y con cuya ayuda
cruzará la frontera con Francia. Jovino le pregunta su nombre para tratar de agradecérselo
algún día, pero, por lo peligroso de la situación, el pastor se negó.
El 4 de junio llega a Urepel, una pequeña aldea
francesa, donde los vecinos se arremolinan para verlo. Las autoridades
francesas lo conducen al consulado republicano español en Hendaya, donde es
interrogado. Tres días antes habían llegado los otros dos únicos
supervivientes, José Marinero y Valentín Lorenzo. Sin tiempo para descansar, al
día siguiente Jovino coge un tren para Barcelona para continuar la lucha contra
el fascismo. Cruza la frontera por Cèrbere y llega a Barcelona. Allí la
entrevista en la radio y en el periódico de la CNT, Solidaridad Obrera,
publicada el 16 de junio, lo convertirán en un héroe.
«Y ahora otra vez soldado hasta el fin. Para eso
quería salir de allá, de aquel infierno…», recoge la entrevista. Sin tiempo que
perder, Jovino se incorpora a prestar servicios en el cuartel Karl Marx, donde
es ascendido a teniente de Ingenieros y se hace cargo de las transmisiones del
34.º Batallón Divisionario de Ametralladoras, en el Segre y, más tarde, en la
zona de Gerona.
Es en la capital catalana donde conoce a Luisa
Gurruchaga, una refugiada donostiarra, a la que unirá su vida.
En diciembre contraen matrimonio por lo civil. Ante la
inminente caída de Cataluña, Luisa se une a las caravanas que parten hacia
Puigcerdà, en la frontera francesa, que se encuentra cerrada mientras sufren el
acoso de la aviación italiana. El 28 de enero consiguen pasar a Tour de Carol.
En febrero Jovino cruza la frontera por Le Perthus y es enviado por el Gobierno
francés, como el resto de los hombres, al campo de concentración de Argelès.
Posteriormente pasaría por Saint-Cyprien y Barcarès, donde lo redistribuyen
hacia campos de trabajo. Finalmente, su destino será nuevamente la mina, esta vez
en la cuenca minera de Decazeville.
El 22 de junio de 1940 Francia queda dividida entre la
zona directamente ocupada por los nazis y la zona bajo el gobierno de Pétain,
el conocido régimen de Vichy, colaboracionista con los alemanes.
En agosto a Luisa la envían a Decazeville y consiguen
reunirse. Sin embargo, pronto vivirá un nuevo golpe cuando, tras un breve
reencuentro familiar, incluso con su abuela, el gobierno de Pétain restringe la
estancia de españoles en Francia a quienes tengan permiso de trabajo, y la
familia de Luisa es repatriada a la España franquista.
En
Decazeville se asentará, primero como minero y, después, cuando lo jubilaron de
la minería, como albañil. Curiosamente, figura en el censo de presos vascos,
aunque consta su origen leonés. Allí sigue militando en la CNT y allí nacerá su
hija Ana, cuyos escritos y testimonios han permitido reconstruir su historia.
Jovino, según su hija, era un hombre discreto,
sereno y tenaz ante las adversidades, y que «mantuvo su fe en la humanidad sin
creer en dioses, y en la educación para construir un mundo sin explotados». Su
casa estaba abierta, símbolo de su carácter acogedor, incluso durante los duros
años de la posguerra mundial, cuando acogieron a niños y familiares de su
mujer.
Mantuvo su modo de vida austero, conservando
costumbres y aficiones como la pesca, las setas o las meriendas campestres
adquiridas en su Santa Marina natal. Una tierra que siempre añoró. Durante las
visitas de Ana y Luisa a El Bierzo para visitar a la familia de Jovino, este
las acompañaba hasta la frontera. Su condición de exiliado siempre dificultó la
comunicación con su familia, que tenía que realizar a través de la Cruz Roja u
otras personas que cruzaban la frontera.
El exilio duró demasiado. Tras la muerte de
Franco, en 1976, con 67 años, regresa a Santa Marina. Una fotografía con el
pantano al fondo es testigo. La frontera la cruza solo, tratando de ocultar su
emoción cuarenta años después, cuando ya cuenta con 69 años, tarde para el
regreso a la tierra.
Con el paso de los años intentó regresar a los
escenarios de la fuga para reconstruir el itinerario que había seguido en su
huida, aunque no llegó a conseguirlo. Falleció a los 87 años, tras una vida que
bien podría haber inspirado una película. O una novela, como La fuga,
de Carmen Domingo, basada en los hechos de la evasión del Fuerte de San
Cristóbal y cuyo desenlace se centra en la figura de Jovino Fernández. Su vida
también quedó plasmada en el libro histórico de Fermín Ezkieta, Los fugados
del Fuerte de Ezkaba.
Hubo 72 leoneses que
participaron en la fuga.
12
murieron durante la huida
y los 60
restantes fueron capturados y devueltos al penal.
Entre ellos, además de Jovino Fernández González,
hubo otros seis bercianos que vivieron destinos muy distintos. Benigno Álvarez
López, natural de Finolledo, fue capturado el 23 de mayo en el monte Ezkaba por
militares. Ese mismo día también fue apresado Francisco Fernández San Miguel,
de Ponferrada, localizado por un requeté carlista y un militar, así como
Domingo Fuentes Cerezo, natural de Castropodame, capturado por requetés.
Dos días más consiguió permanecer en libertad
Arsenio Martínez Fernández, de Narayola, hasta ser capturado el 25 de mayo por
militares junto a otros tres fugados. Al día siguiente, el 26 de mayo, fue
detenido en Ollakarizketa Domingo Quiroga Ovalle, también natural de
Ponferrada.
El destino más trágico, tras el de quienes
murieron durante la fuga, fue el de Santiago Rajo Fernández, vecino de Toreno
del Sil. Capturado el 25 de mayo por requetés, regresó al Fuerte de San
Cristóbal, donde falleció en 1940. Fue enterrado en el cementerio de
Berriosuso.
Hoy, el recuerdo de Jovino Fernández
permanece vivo en Urepel, donde el Gobierno de Navarra inauguró en 2024 una
escultura en su honor, obra de Javier Oyarzun. Situada al final del Sendero
GR-225, declarado Lugar de la Memoria, y en el mismo lugar donde este berciano
alcanzó la libertad, constituye un homenaje a todos los presos que
protagonizaron la mayor fuga carcelaria de la historia de Europa y a quienes
perdieron la vida en su intento de alcanzarla.
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