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miércoles, 29 de julio de 2026

Jovino Fernández, el minero de Santa Marina del Sil que fue uno de los tres únicos supervivientes de la mayor fuga carcelaria de Europa (Pamplona, 1938)

El 22 de mayo de 1938, en plena Guerra Civil, en el fuerte de San Cristóbal de Pamplona, se produce la mayor fuga carcelaria de la historia de Europa. Un total de 795 presos se evaden del penal franquista. Cientos son apresados. 206 fallecen en el intento, abatidos en los montes navarros. Otros 14 serían fusilados después, acusados de organizar la evasión. Solo tres consiguen alcanzar la frontera francesa. Uno de ellos es Jovino Fernández González, de Santa Marina del Sil.

La evasión del Fuerte de Ezkaba tuvo repercusión internacional. Incluso The New York Times informó sobre ella. En cambio, la prensa local guardó silencio. La censura franquista impuso la versión oficial y ocultó durante décadas la magnitud de la represión.

Jovino nace en 1908 en Santa Marina del Sil (Toreno), en el seno de una familia humilde de campesinos, Andrés y Ana María, en El Bierzo preminero. Cuando había maestro iba a la escuela; cuando no, su padre le enseñaba en casa a leer a la luz del candil. En verano pescaba truchas, pastoreaba las cabras y acudía a las ferias de ganado de Ponferrada.

La explotación industrial del carbón y las necesidades familiares lo incorporan al trabajo en la mina con tan solo catorce años. La mili lo llevará a San Sebastián y, de ahí, el destino lo conduce a Santander, donde trabajará como albañil, en un contexto en el que se proclama la II República. En Cantabria se afilia a la CNT.

Poco tiempo después retorna a su tierra y a la mina, en Toreno. Durante la revolución de octubre de 1934 es encarcelado en León, Astorga y la cárcel Modelo de Oviedo. Con la victoria del Frente Popular y el decreto de amnistía recobra la libertad.

El 18 de julio de 1936, el golpe de Estado contra la República lo sorprende en Asturias. Allí, en Luarca, ingresa en las milicias. En noviembre se integran en el Ejército del Norte, donde formará parte de la 12.ª Brigada Mixta. Jovino llega a ser sargento de Enlaces y Transmisiones del Batallón 212.

Combate al general Mola en la defensa de Bilbao y, cuando cae la capital vasca en manos fascistas, se repliegan a Cantabria. Allí, en agosto, la nueva ofensiva franquista lo sorprende en el valle de Cayón, donde se niegan a retirarse y es capturado. Consigue llegar a Santander como prisionero, evitando los fusilamientos masivos de los italianos. También evita la muerte cuando en la capital cántabra «se empezó a suprimir con ametralladora a gran parte» de la población reclusa para evitar la masificación. Sin embargo, apenas sobrevive: «Sin comer, sin dormir, sin atención alguna».

Desde Santander es trasladado al fuerte de San Cristóbal de Pamplona, adonde llega el 23 de octubre, con 29 años. Las condiciones son extremas por la represión, el frío y el hambre.

«El jefe del Penal era un hermano del teniente aquel que cometió la feroz matanza de Casas Viejas: el teniente Rojas. Los dos hermanitos poco se pueden dar en cara. Tal para cual», afirma. Allí se encuentra «Sin ropa, sin colchoneta, sin nada; con mis pobres harapos de prisionero me metieron en la brigada del patio. La comida horrible». Hasta el punto de que cuenta que «un día en la ración de potaje para cuarenta hombres, pudimos contar hasta sesenta garbanzos».

Cuando Jovino llevaba 7 meses y 29 días, el domingo 22 de mayo de 1938, cuando se encontraba en el suelo de su celda, entre el ruido de puertas y cerrojos, escuchó: «¡A la calle, compañeros. Estáis libres!». «Y no sé concretamente cómo se produjo el acontecimiento, ni quién organizó», un grupo reducido de presos llevaba tiempo organizándolo en secreto y consiguió ir desarmando guarniciones.

Así que, con la nueva situación, «Nos aprestamos a salir, corríamos», comentaba Jovino, que iniciaba una nueva odisea, mientras escuchaban las ametralladoras, sin saber muy bien la dirección, del dispositivo que trataba de capturarlos sin miramientos.

«Por las carreteras volaban los camiones cargados de guardias civiles y de requetés. La columna se desparramó por los bosques y por los barrancos en la noche. Al día siguiente, desde nuestros escondrijos, comprobábamos con qué saña se nos perseguía.»

Arropados solo por la espesura de los bosques durante el día y avanzando por las noches, Jovino se guiaba por su sentido de la orientación, especialmente por las estrellas, acostumbrado a las largas caminatas por los montes de El Bierzo para ir a las ferias.

La huida fue realmente dura. «Comía hojas de roble y hierbas, las que creía que pudieran ser buenas. Estaba hecho polvo. Tenía entendido que desde Pamplona a la frontera solo hay 47 kilómetros. Así pasaron cerca de diez días. Cada día me libraba, por verdadero milagro, de que me atrapasen. […]». Su testimonio lo certifica: «En una ocasión permanecí más de dos horas metido en un río. Ladraban los perros rastreadores. “Pues este cabrón se ha metido aquí, y aquí lo hemos de encontrar”».

Tras 12 días de huida se encuentra a un pastor, posiblemente entre Mendiundi y Lindus, que le da pan y queso, al que acaba confesando su condición de fugitivo, que no puede ocultar, y con cuya ayuda cruzará la frontera con Francia. Jovino le pregunta su nombre para tratar de agradecérselo algún día, pero, por lo peligroso de la situación, el pastor se negó.

El 4 de junio llega a Urepel, una pequeña aldea francesa, donde los vecinos se arremolinan para verlo. Las autoridades francesas lo conducen al consulado republicano español en Hendaya, donde es interrogado. Tres días antes habían llegado los otros dos únicos supervivientes, José Marinero y Valentín Lorenzo. Sin tiempo para descansar, al día siguiente Jovino coge un tren para Barcelona para continuar la lucha contra el fascismo. Cruza la frontera por Cèrbere y llega a Barcelona. Allí la entrevista en la radio y en el periódico de la CNT, Solidaridad Obrera, publicada el 16 de junio, lo convertirán en un héroe.

«Y ahora otra vez soldado hasta el fin. Para eso quería salir de allá, de aquel infierno…», recoge la entrevista. Sin tiempo que perder, Jovino se incorpora a prestar servicios en el cuartel Karl Marx, donde es ascendido a teniente de Ingenieros y se hace cargo de las transmisiones del 34.º Batallón Divisionario de Ametralladoras, en el Segre y, más tarde, en la zona de Gerona.

Es en la capital catalana donde conoce a Luisa Gurruchaga, una refugiada donostiarra, a la que unirá su vida.

En diciembre contraen matrimonio por lo civil. Ante la inminente caída de Cataluña, Luisa se une a las caravanas que parten hacia Puigcerdà, en la frontera francesa, que se encuentra cerrada mientras sufren el acoso de la aviación italiana. El 28 de enero consiguen pasar a Tour de Carol. En febrero Jovino cruza la frontera por Le Perthus y es enviado por el Gobierno francés, como el resto de los hombres, al campo de concentración de Argelès. Posteriormente pasaría por Saint-Cyprien y Barcarès, donde lo redistribuyen hacia campos de trabajo. Finalmente, su destino será nuevamente la mina, esta vez en la cuenca minera de Decazeville.

El 22 de junio de 1940 Francia queda dividida entre la zona directamente ocupada por los nazis y la zona bajo el gobierno de Pétain, el conocido régimen de Vichy, colaboracionista con los alemanes.

En agosto a Luisa la envían a Decazeville y consiguen reunirse. Sin embargo, pronto vivirá un nuevo golpe cuando, tras un breve reencuentro familiar, incluso con su abuela, el gobierno de Pétain restringe la estancia de españoles en Francia a quienes tengan permiso de trabajo, y la familia de Luisa es repatriada a la España franquista.

En Decazeville se asentará, primero como minero y, después, cuando lo jubilaron de la minería, como albañil. Curiosamente, figura en el censo de presos vascos, aunque consta su origen leonés. Allí sigue militando en la CNT y allí nacerá su hija Ana, cuyos escritos y testimonios han permitido reconstruir su historia.

Jovino, según su hija, era un hombre discreto, sereno y tenaz ante las adversidades, y que «mantuvo su fe en la humanidad sin creer en dioses, y en la educación para construir un mundo sin explotados». Su casa estaba abierta, símbolo de su carácter acogedor, incluso durante los duros años de la posguerra mundial, cuando acogieron a niños y familiares de su mujer.

Mantuvo su modo de vida austero, conservando costumbres y aficiones como la pesca, las setas o las meriendas campestres adquiridas en su Santa Marina natal. Una tierra que siempre añoró. Durante las visitas de Ana y Luisa a El Bierzo para visitar a la familia de Jovino, este las acompañaba hasta la frontera. Su condición de exiliado siempre dificultó la comunicación con su familia, que tenía que realizar a través de la Cruz Roja u otras personas que cruzaban la frontera.

El exilio duró demasiado. Tras la muerte de Franco, en 1976, con 67 años, regresa a Santa Marina. Una fotografía con el pantano al fondo es testigo. La frontera la cruza solo, tratando de ocultar su emoción cuarenta años después, cuando ya cuenta con 69 años, tarde para el regreso a la tierra.

Con el paso de los años intentó regresar a los escenarios de la fuga para reconstruir el itinerario que había seguido en su huida, aunque no llegó a conseguirlo. Falleció a los 87 años, tras una vida que bien podría haber inspirado una película. O una novela, como La fuga, de Carmen Domingo, basada en los hechos de la evasión del Fuerte de San Cristóbal y cuyo desenlace se centra en la figura de Jovino Fernández. Su vida también quedó plasmada en el libro histórico de Fermín Ezkieta, Los fugados del Fuerte de Ezkaba.

Hubo 72 leoneses que participaron en la fuga. 12 murieron durante la huida y los 60 restantes fueron capturados y devueltos al penal.

Entre ellos, además de Jovino Fernández González, hubo otros seis bercianos que vivieron destinos muy distintos. Benigno Álvarez López, natural de Finolledo, fue capturado el 23 de mayo en el monte Ezkaba por militares. Ese mismo día también fue apresado Francisco Fernández San Miguel, de Ponferrada, localizado por un requeté carlista y un militar, así como Domingo Fuentes Cerezo, natural de Castropodame, capturado por requetés.

Dos días más consiguió permanecer en libertad Arsenio Martínez Fernández, de Narayola, hasta ser capturado el 25 de mayo por militares junto a otros tres fugados. Al día siguiente, el 26 de mayo, fue detenido en Ollakarizketa Domingo Quiroga Ovalle, también natural de Ponferrada.

El destino más trágico, tras el de quienes murieron durante la fuga, fue el de Santiago Rajo Fernández, vecino de Toreno del Sil. Capturado el 25 de mayo por requetés, regresó al Fuerte de San Cristóbal, donde falleció en 1940. Fue enterrado en el cementerio de Berriosuso.

Hoy, el recuerdo de Jovino Fernández permanece vivo en Urepel, donde el Gobierno de Navarra inauguró en 2024 una escultura en su honor, obra de Javier Oyarzun. Situada al final del Sendero GR-225, declarado Lugar de la Memoria, y en el mismo lugar donde este berciano alcanzó la libertad, constituye un homenaje a todos los presos que protagonizaron la mayor fuga carcelaria de la historia de Europa y a quienes perdieron la vida en su intento de alcanzarla.

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