Con el auge de la explotación carbonífera en los años finales de la Primera Guerra Mundial, especialmente a raíz de la construcción del ferrocarril de Ponferrada a Villablino, se produjo en Laciana y en El Bierzo la irrupción de un nuevo movimiento social: el movimiento obrero. Fue en el seno de esta sociedad en transformación donde comenzaron a asentarse el sindicalismo, las ideologías del proletariado y las organizaciones marxistas y anarquistas, cuya implantación en El Bierzo, en términos generales, había sido hasta entonces tardía y limitada.
Sin embargo, ante los primeros focos de descontento fueron las propias empresas quienes promovieron un modelo sindical pactista, colaboracionista: el sindicalismo amarillo. Este tuvo cierta predicación y secciones en la cuenca del Bierzo Alto, Laciana y Ponferrada, a través del “Sindicato Católico Obrero de Mineros Españoles”, impulsado principalmente por la MSP y otras empresas mineras. No así en Fabero.
En el valle de Laciana se registran varias
asociaciones de carácter católico. Entre ellas encontramos el Sindicato Católico de Mineros Españoles,
Sección de Villaseca de Laciana, registrada el 12 de agosto de 1918 y presidida por Romualdo Suárez; el Sindicato
Católico Obrero de Mineros Españoles, con sede en Villablino, registrada el 19 de mayo de 1921 y presidida por Rufino Muñiz; y la Juventud Social Católica Obrera de Laciana,
también de Villablino,
registrada el 13 de abril de 1923
y presidida por Gumersindo Pérez.
En ese contexto irrumpirán las ideas socialistas, a
pesar del declive que estaban viviendo a nivel provincial. A partir de 1920,
tras el congreso de UGT, se producen numerosas bajas entre el colectivo minero
de León: por un lado, la crisis tras la guerra, y por otro, una medida para
preservar la influencia de los comunistas en la organización. Esta sangría sólo
es frenada por el crecimiento en el valle de Laciana que, partiendo únicamente
de las secciones de San Miguel, se desarrollará por Caboalles de Abajo, Orallo,
Rioscuro y Villaseca, también por Piedrafita de Babia.
En 1919
quedó constituida en Ponferrada
la sección del Sindicato Minero Leonés,
con Leoncio Sanz y Luis Garrote al frente, marcando el
inicio de la implantación del movimiento obrero en las cuencas occidentales
leonesas.
En el valle de Laciana se documentan las siguientes
asociaciones obreras entre 1920 y 1922:
el Sindicato Minero, Sección de San
Miguel de Laciana, registrada el 3
de enero de 1920, presidente Manuel
Martínez; el Sindicato Minero,
Sección de Caboalles (San Miguel de Laciana), registrada el 3 de enero de 1920, presidente Paulino Marcos; el Sindicato Minero Castellano de San Miguel de
Laciana, registrada el 20 de
junio de 1922, presidente Luis
Fernández; el Sindicato Minero
Castellano de Rioscuro, registrada el 20 de junio de 1922, presidente Leoncio Martínez; el Sindicato
Minero Castellano de Villaseca de Laciana, registrada el 20 de junio de 1922, presidente Laureano González; el Sindicato Minero Castellano de Caboalles de
Arriba, registrada el 20 de
junio de 1922, presidente Segundo
Méndez; y el Sindicato Minero
Castellano de Orallo, registrada el 20 de junio de 1922, presidente (no consta).
Como recordaba Félix
Galán en sus crónicas para El Socialista:
“La principal empresa es la Minero Siderúrgica de
Ponferrada, a la que siguen varios grupos de menor implantación. (…) Como todas
las cuencas de nueva implantación, por lo heterogéneo del personal que a ella
acude, fue ésta apetecible por los amarillos, que durante algún tiempo
contribuyeron a entorpecer el avance del sindicato, apelando en ocasiones a
vituperables actos de violencia”.
Según las Memorias
de los XIV y XV Congresos Generales de la Unión General de Trabajadores,
en 1920 existían en la provincia
de León 3.998 afiliados al
Sindicato Minero Leonés, distribuidos entre diversas secciones. De ellos, Ponferrada contaba con 224 afiliados, San Miguel de Laciana con 24,
y en 1922, Caboalles de Abajo alcanzaba los 86, Rioscuro los 36 y Villaseca de Laciana los 322, evidenciando el crecimiento del
sindicalismo minero en la comarca durante los primeros años veinte.
1923 en El Bierzo y Laciana supondrá un
momento de avance para el SMC: “consiguió apoderarse de los sindicatos
católicos”, como describe en sus memorias Francisco Falagán, quien será máximo dirigente comarcal en El
Bierzo del sindicato ugetista y del PSOE; añade que “desaparecida esta
influencia, los obreros quedaron libres y podían asociarse a los sindicatos
mineros afectos a la UGT”. Durante la dictadura de Primo de Rivera, “los
dirigentes [de la UGT y el PSOE] se desenvolvían sin grandes dificultades y se podían
celebrar actos públicos”. Aprovechando estas circunstancias, en 1924 Francisco Largo Caballero, secretario general de la UGT, visitará El Bierzo.
Es en este contexto en el que, en 1921, aparece en El Socialista,
órgano del Partido Obrero, su número 3.896, fechado el lunes 8
de agosto de 1921, el artículo titulado “¿Católicos o salvajes?”, donde se denuncia la violencia desatada
por el Sindicato Católico de Villaseca y la impunidad con la que actuaban sus
miembros. El texto, que reproduce informaciones del periódico El Minero
Castellano, relata el asesinato del militante socialista Juan Casares y la desaparición de otro
trabajador cuyos restos aparecieron en una escombrera, hechos ante los que las
autoridades no habían actuado. Además, describe cómo un grupo de alrededor de
un millar de afiliados al sindicato católico, acompañados por guardas jurados
de la empresa y por la Guardia Civil, recorrieron el valle de Laciana en
actitud amenazante, saqueando establecimientos y tratando de someter a los
obreros de San Miguel y Caboalles.
El artículo denuncia la connivencia de algunos mandos locales de la Guardia
Civil y advierte del peligro de que esa “campaña de terror amarillo” derivase
en consecuencias más graves si no se ponía fin a la protección institucional de
los responsables.
Para que lo puedan ver nuestros lectores, lo
reproducimos a continuación:
El Socialista, órgano del Partido Obrero, número 3.896, fechado el lunes 8
de agosto de 1921.
Número:
3.896.
¿Católicos o salvajes?
Con este título ha publicado un suplemento nuestro
fraternal colega El Minero Castellano, en el cual se detallan los actos
de matonismo llevados a cabo por los componentes del Sindicato católico de
Villaseca (León), estimulados, sin duda, por la impunidad en que ha quedado el
asesinato de nuestro compañero Juan Casares, al que acribillaron a tiros y a
puñaladas, tirando el cadáver después a un patatal y machacándolo con piedras,
y el de otro compañero, que desapareció de su casa, apareciendo poco después
restos humanos en una escombrera, sin que se haya hecho nada por averiguar la
relación que pueda haber —y que indudablemente la hay— entre esa desaparición y
el hallazgo de los restos humanos, a pesar de haberlo denunciado El Minero
Castellano, ofreciendo a las autoridades los informes que obraban en su
poder.
No vamos a relatar los hechos vandálicos denunciados por nuestros compañeros,
porque es interminable la lista; sólo vamos a señalar un hecho que encierra
enorme gravedad y que demuestra que algunas autoridades amparan a los matones
amarillos.
Como éstos ya no se conforman con ejercer la hegemonía en Villaseca y pretenden
llevarla a todo el valle de Laciana, después de una serie de atropellos y
vejaciones impuestas a los que no quieren someterse al Sindicato católico,
organizaron en Villaseca una manifestación compuesta de unos mil hombres, y uno
en son de guerra se puso en camino con ánimo de someter a todos los pueblos del
valle de Laciana.
He aquí cómo explican nuestros compañeros los mineros castellanos este hecho:
«En cabeza, y como en descubierta, iban seis guardas jurados de la Empresa,
acompañando a Lorenzo González, que al parecer era el general en jefe del
ejército. Les seguían unas seis parejas de la guardia civil al mando de un
sargento... y detrás el resto del ejército, seguido de Argimiro y otro
individuo, que cuidaban de que no se quedara atrás ningún individuo no siendo
guardias.
Al llegar a Villager se reunieron con otro grupo que venía por la vía desde
Villablino, y en las cantinas comieron y bebieron el largo tiempo que los
víveres y cuanto encontraban de provecho; en una palabra, saqueando los
establecimientos, pero no pagaban lo que llevaban, y siguieron por el camino de
Orallo y Caboalles, a la voz de
mando de Lorenzo, intentando subir por la montaña hacia Caboalles, pero no teniendo en ella los obreros de San Miguel y Caboalles, que en estado prever
esperaban el ataque de aquel ejército de salteadores.
En esto apareció por la parte de Villager un piquete de la guardia civil al
mando de un comandante, y acercándose al grupo de los católicos, que al ver a
los de Caboalles en la montaña
se habían desorientado, les dio el alto y empezó a cachearles, de lo que
protestaban Lorenzo y Aniceto, que al parecer estaban muy a gusto con el cargo
que ellos mismos se habían atribuido de generales.
La confusión fue grande, pues no esperaban que la guardia civil se presentase
de improviso y obrase tan dignamente.
¡Fíjense las autoridades superiores de la provincia, fíjese el ministerio de la
Gobernación, al que denunciamos este hecho, en la gravedad que eso encierra: la
guardia civil, a las órdenes de un sargento, protegía a los mismos que la
guardia civil, a las órdenes de un comandante cacheaba y disolvía!
¿A quién obedeció el sargento para amparar a los que el comandante no consideró
como gente pacífica? ¿Sería conveniente aclarar este extremo, y cómo es que, en
vez de los seis guardias jurados de la Compañía que amparan estos hechos, con
la connivencia de la Empresa, es la infinidad de esta campaña de terror
amarillo, que traerá, si se les deja, las más terribles consecuencias, pues los
trabajadores no tolerarán por más tiempo el desgobierno de esos elementos del
Sindicato católico de Villaseca.”

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